La paga de los cardenales




Jesús no ha venido a enseñar una filosofía, ni tampoco un tratado de buenos modales. Ha venido para salvar al hombre y lo ha hecho a través del camino de la cruz. Participar en su historia implica recorrer su camino, ejercer la misericordia curando las heridas más profundas del corazón humano, y aceptando ser despreciado e incluso asesinado. Ese es el mapa que Francisco ha trazado ante el colegio de los cardenales ampliado el sábado con 19 nuevos miembros.

“Nuestra alegría es caminar con Jesús” les dijo el papa. Entiéndase, no los triunfos que puedan obtener para su causa, sino la relación con Él. Esa es la paga que les espera, a ellos como a cualquier bautizado. Es el misterioso ciento por uno que prometió a los discípulos cuando le presentaron la minuta por haberle seguido a campo abierto. Cinco cosas dijo Francisco que la Iglesia necesita de los nuevos cardenales: la comunión entre sí y con el sucesor de Pedro; el valor para anunciar el Evangelio pase lo que pase; la oración por todo el pueblo; la compasión frente al dolor y el sufrimiento del mundo; y la construcción de la paz. Y todo esto, que parece una demasía para estos pobres hombres por muy vestidos de rojo, sólo será posible si se dejan modelar cada día por el Espíritu Santo.




Deberán acostumbrarse a ser príncipes de un rey coronado de espinas, y sería estúpido esperar una suerte más dulce que la de su Señor. El papa recordó a los recién llegados que entraban en la Iglesia de Roma, conocida por la sangre de sus mártires y no por los oropeles de una corte. Y aprovechando el Evangelio de San Mateo les propuso bendecir a quienes les injurien, sonreír a quienes no lo merecen, olvidar las humillaciones recibidas y contraponer la mansedumbre a la prepotencia. ¡Menuda dote para estos príncipes!




En una esquina de la fila de los cardenales, protegido por un abrigo blanco, sonreía mansamente un anciano que minutos antes, al recibir el abrazo de Francisco, se había quitado el solideo blanco en señal de reverencia. Cristo vino para salvarnos, para mostrarnos el único camino para salir de las arenas movedizas del pecado… La santidad no es una exquisitez, no es un lujo. La necesita el mundo para que todo lo que es bueno, bello y verdadero, venza sobre la oscuridad del mal. Menos mal que Jesús camina con nosotros, y esa es la fuente de nuestra extraña e inagotable alegría.




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