No se casan ya ni por lo civil


Una verdadera plaga como de langosta, que no deja hoja verde, se ha apoderado de nuestra juventud con respecto al matrimonio. No es que rechacen el enlace canónico, es que no se someten a ninguna clase de enlace formal, ni siquiera de registro meramente civil. Ahora lo que “se lleva” es “arrejuntarse” o “vivir en pareja”, como suele decirse, o sea, amancebarse, que diríamos hablando en román paladín. La cosa está tan extendida, que todo lector de este comentario seguro que conoce más de una y más de dos de estas situaciones, si no es que las tiene incluso en la propia familia. (Inciso: ahora los únicos que quieren casarse son los “homos”, pero pienso que sólo por tocar las narices).

Es la “moda”, suelen argumentar los próximos a los “arrejuntados” a manera de excusa o más bien de resignada explicación. Pero no deja de ser tristísimo que la decisión más importante en la vida de toda persona, quede reducida a una cuestión de modas, como quien cambia de peinado o de vestido. Mayor frivolidad o ausencia de compromiso serio para toda la vida, no cabe. ¿Qué piensan?, ¿que el atractivo externo de los años jóvenes les va a durar siempre?, ¿que no van a envejecer, que la muchachita linda de ahora no va a perder cintura ni sufrir los efectos de la ley de la gravedad en las turgencias, o que el joven apuesto no va a perder pelo ni echar tripita cervecera? ¿Qué les podrá retener juntos sin la argamasa de la entrega total que se manifiesta en el vínculo sacramental? Mi mujer me decía, cuando celebramos las bodas de oro, hecha una reina rodeada de nuestros numerosos retoños, que se casó conmigo, pocos días antes de cumplir los veinte años, porque me quería, lógicamente, pero a medida que pasaban los años y nos íbamos haciendo viejitos me quería más, muchísimo más. ¿Hay algo más grande en la vida humana que un sentimiento recíproco de esta naturaleza? ¿Y cómo se puede alcanzar algo parecido sin un amor y compromiso mutuo bien cimentado, profundamente enraizado en el corazón y en la fe?




Yo veo en esta plaga, indicio de la descomposición moral de nuestra sociedad, un fenómeno de iniciativa “machista” con la complicidad culpable del feminismo corrosivo, en el que las mujeres simplemente se dejan llevar, como en el baile “agarrao”, según lo llamaban los curas vascos de aquellos tiempos, naturalmente para condenarlo. Entre los jóvenes varones de ahora se ha creado un ambiente opresivo contra el matrimonio formal, de manera que eso de casarse por la Iglesia, incluso en el juzgado, está mal visto. ¿Quién ha propagado esta especie? ¿De donde ha salido el virus que se opone al vínculo vitalicio? Si es una moda, tendrá un diseñador que la haya diseñado, como todas las modas que se ponen de moda.




En el desmadre del Sesenta y ocho, antecedente de lo que está ocurriendo ahora, su introducción y difusión en España corrió a cargo de las células comunista que operaban en la Universidad, según me fue dado ver muy de cerca en el ejercicio de mi trabajo informativo. Pero actualmente no acierto a descubrir el origen de esta pandemia. Creo que no tiene objetivos directamente ateos y antitodo como las revueltas estudiantiles de 1968 en Francia. Ni siquiera unos propósitos claramente laicistas, que en ese caso tendríamos que dirigir nuestro periscopio hacia la masonería o al socialismo masonizado, impulsores del laicismo anticatólico actual. Ahora lo que veo, o eso me parece a mí, es una operación más sutil o ladina de indiferentismo, de pérdida del sentido del pecado y por consiguiente del sentimiento religioso. Aparentemente no son jóvenes opuestos frontalmente a la Iglesia, sino únicamente que quieren vivir a su aire sin norma o regla que los condicione. Pero esta praxis de vida los aleja del hogar eclesial y, con el tiempo, de la fe, de las creencias que heredaron de sus padres.




Pese a todo, aún tienen conciencia que su situación de “pareja de hecho”, y en más de una caso de deshecho, no es un estado regular, no es un matrimonio como Dios manda, y nunca mejor dicho. Por consiguiente, no actúan como matrimonios normales, empezando por el rechazo a la paternidad-maternidad. Sólo algunas parejas, al cabo de años de convivencia, deciden tener un hijo, generalmente por la presión de la mujer, a la que puede el instinto maternal, pero no dejan de ser casos limitados, lo que explica, entre otras causas, el bajísimo índice de natalidad español.




Añado, para terminar, otro dato que se ha puesto también de moda. A los recién nacidos ya no les endosan nombres estrambóticos de grafía extranjera o difícil, y dicción más difícil aún. Ahora lo que se lleva, al parecer, es ponerles nombres clásicos, redondos, o sea, los de toda la vida, en cierto modo como los de los abuelos de los abuelos de hoy. Lo que significa que al final va a resultar que todo es cuestión de modas, propio de sociedades inconsistentes.







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