La vie privée vs la vie publique


El presidente de la República francesa, François Hollande, está en el foco de la opinión pública mundial, pero no por la elevada tasa de paro de su país, ni por la inconcreta promesa de rebajar los impuestos, ni por la inesperada oferta de pacto con la patronal, sino por las revelaciones de un periódico galo sobre su “affaire” sentimental con la actriz Julie Gayet.

Este escándalo ha provocado que su actual pareja desde hace seis años, la periodista Valérie Trierweiler –el político francés nunca ha estado casado-, haya tenido que ser ingresa en un hospital al enterarse de su infidelidad. Hay que recordar que anteriormente el socialista francés durante tres décadas fue compañero de Ségolène Royal, con quien tuvo cuatro hijos.




Con estos antecedentes, la todavía “primera dama”, aunque no ostenta tal estatus, causante de su anterior ruptura, tenía que ser consciente con quién se juntaba y a qué se arriesgaba. Otro tanto podría decirse de la actual amante y de las que le sigan, porque la deslealtad genera más vileza.




Ante estos hechos se ha suscitado el debate de si la actuación del presidente es una cuestión que obedece a su vida privada o a la vida pública. Según una reciente encuesta, el 77% de los franceses entiende que este asunto afecta a la vida privada del Jefe del Estado, y por lo tanto no es admisible reproche alguno, porque supondría una falta de respeto a su intimidad personal. Sin embargo, el semanario que publicó esta nada edificante información, ilustraciones incluidas, se sitúa dentro del resto del porcentaje de ciudadanos que entiende que todos tienen derecho a saber y estar informados de cómo se comporta el presidente, y que esta conducta en concreto tiene una importante relevancia pública.




La muy liberal clase política francesa, no da demasiada importancia a estos devaneos, quizá ya acostumbrada a los líos de los inquilinos del Elíseo, que los circunscribe a asuntos privados del mandatario, con la única objeción de depurar si la amante se mantiene o no con dinero público. El propio presidente de la República, que no ha podido negar la realidad de los hechos, ha pretendido zanjar la polémica con que “los asuntos privados se tratan en privado”.




Curiosamente, la ya baja popularidad del presidente ha logrado remontar después de este escándalo, al presentarse como víctima de una inexistente violación del derecho a la intimidad, porque fue pillado “in fraganti” en el portal del piso de la amante, en plena noche parisina. La cultura hedonista en la que está inmersa la sociedad francesa, abanderada por una desaforada “Liberté”, al carecer de límite ético alguno, y a la vez anclada en el tolerantismo del “laissez faire, laissez passer”, junto con la revolución sesentayochista y un marcado relativismo ético, muestran una nación débil, enferma, en declive y en descomposición. Sería impensable en un país anglosajón –y no se trata de puritanismo, sino de unas elementales normas de buen gobierno- que cualquier presidente, después de haber traicionado la confianza de su comprometida, siguiera en su puesto. El presidente de la República no ha hecho honor a su cargo, y ha quebrantado la promesa número seis a la que se obligó: “Yo, presidente de la República, haré que mi comportamiento sea en todo instante ejemplar”. Nada más lejos de la realidad, porque la conducta del último responsable de una de las potencias nucleares más importantes del mundo ha sido deleznable y le incapacita moralmente para seguir ejerciendo su cometido.




La credibilidad de la máxima autoridad francesa queda en entredicho para el desempeño del cargo, porque si ha demostrado que no es de fiar para gestionar su propia vida personal, difícilmente podrá hacerlo para liderar los complicados y exigentes destinos de “La Grande France”. El argumento de que es un asunto que afecta a la “privacité”, no deja de ser más que una incoherencia y una coartada para que los corruptos se perpetúen en el poder y se blinden de su tramposa doble vida. Francia no puede seguir la senda berlusconiana, y para eso tiene que expulsar de la vida política a Hollande, quien ha dejado de ser –si es que alguna vez lo fue- un referente moral en la vida privada y, por lo tanto, también en la vida pública.







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