«La Iglesia no dejará de proclamar la verdad que hace bien al país», avisa el nuevo cardenal Ezzati


No recibió ningún comunicado oficial del Vaticano, tampoco señales de Francisco cuando en julio pasado ambos conversaron en su modesta oficina del Vaticano. Un llamado telefónico del obispo de Calama interrumpió su rezo, el domingo pasado (12 de enero), y lo puso en antecedentes de que mencionaban su nombre en la televisión.

A los 10 minutos, el teléfono no paró más; especial emoción le produjo su familia desde Italia, contándole que las campanas de su Vicenza natal también celebraron al hijo convertido hoy en nuevo cardenal de la Iglesia Católica.




Un verdadero regalo de cumpleaños, porque monseñor Ricardo Ezzati había agradecido sus 72 años solo tres días antes.




"Soy italiano de nacimiento y chileno por vocación. El centro de mi vida está en la vocación que el Señor me ha regalado y que me ha pedido vivir en Chile. Me siento totalmente parte de este país", reflexiona el arzobispo de Santiago en medio de una calurosa tarde de verano, en su casa de avenida Simón Bolívar.




La misma residencia que ocuparon sus antecesores y de ellos, al que más conoció fue a Raúl Silva Henríquez, el recordado obispo que lo nombró su confesor siendo superior del seminario con poco más de 30 años.




Ezzati no había cumplido los 18 cuando llegó a Quilpué como seminarista, en busca del "discernimiento vocacional" -en sus propias palabras- que había madurado al terminar el liceo clásico en Italia. Los salesianos le ofrecieron dos destinos lejanos: Siam -territorio que hoy ocupan Tailandia, Camboya y Laos- y Chile, por el que finalmente optó.




Está feliz de esa decisión y las muestras de cariño que ha recibido estos días lo refuerzan. Las más emotivas: sus ex alumnos del liceo Camilo Ortúzar Montt, el primer colegio donde hizo clases, y los del salesiano de Concepción donde ejerció como rector a fines de los 70.




Luego siguió ocupando múltiples cargos vinculados a la educación en la Iglesia chilena y latinoamericana, y hoy es miembro de la Congregación para la educación católica del Vaticano. A su próxima reunión en Roma viajará el 10 de febrero, días antes del consistorio público en que el Papa lo hará cardenal.




Monseñor Ezzati vive esta alegría junto con el dolor por las críticas que han hecho a su nombramiento los denunciantes en el caso Karadima. Conoció la sentencia de ese proceso al día siguiente de asumir como arzobispo y marcó el difícil comienzo de su misión a la cabeza de la Iglesia de Santiago, en la que esta semana completó tres años.




-Ese escándalo detonó una crisis profunda en la Iglesia chilena. ¿Cómo mira su evolución tres años después?



-Aunque hubiera sido uno solo, los casos de pedofilia son gravísimos y más cuando hay implicados sacerdotes. "Un gran crimen y un gran pecado", dijo Juan Pablo II. Hemos enfrentado ese caso que ha hecho un enorme daño a la Iglesia, con mucho dolor interior pero sin que me temblara la mano, buscando que las víctimas no sufrieran más y que la justicia se ejecutara.




-¿Le ha dolido que los principales opositores sean los denunciantes de Karadima? Lo critican por el caso de un sacerdote salesiano.



-Ellos tienen todo el derecho de estar heridos, porque les pasó una cosa tremenda, muy dolorosa. No tengo que ver con ese caso que menciona, dejé de ser provincial de los salesianos en 1990, hace 25 años.




-Ese y otros casos golpearon fuertemente a sacerdotes y fieles católicos. ¿Cómo ve hoy la situación de la Iglesia chilena?



-Tenemos un pueblo de Dios muy cercano, muy consciente de su fe y con una actitud misionera muy grande. Los datos del Censo nos mantienen en el mismo nivel que el anterior, basta recorrer hoy la escuela de verano en Santiago y ver las 12.000 personas que dedican sus horas de descanso en verano a formarse.




»Lo mismo en los jóvenes, más de 3.000 solo en la Universidad Católica y el Duoc misionaron durante este mes por el todo el país, pudiendo estar de vacaciones. Veo muchos y poderosos brotes verdes. Hay juventud que no desea tener ningún contacto con la fe, pero junto a ese invierno que nos cuestiona, veo estos brotes nuevos de vida que llenan de esperanza. Al seminario de Santiago postularon este año 24 jóvenes y fueron admitidos 15, el año pasado fueron 9.




-¿Qué desafío le impone como pastor reencantar a los fieles defraudados y la secularización creciente entre los más jóvenes?



-La Iglesia tiene que ser un signo transparente y legible del amor que Jesucristo vino a traer. Por eso hablo siempre de la nueva visibilidad de cristianos que de verdad queremos vivir el Evangelio en profundidad, limitados como todo ser humano, pero siguiendo muy de cerca a Jesucristo. No es lo mismo evangelizar hoy que hace 40 años, la persona humana es igual, pero en una nuevísima situación cultural el Evangelio tiene que inculturarse en el hombre y la mujer contemporáneos, en los jóvenes.




-¿Cómo puede "inculturarse" su mensaje en una sociedad que quiere más libertades?



-Como nos dice el Papa: ser una Iglesia que abre las puertas hacia afuera, que va a la periferia social y cultural. La Iglesia no promueve una moral restrictiva, promueve una moral de la vida plena con las restricciones de lo que significa amar. Es como cuando una madre ama a su hijo y es capaz de muchas privaciones, lo mismo pasa con la sociedad. Este ha sido el desafío de todos los tiempos; San Agustín decía en el año 400 que había "muchos cristianos de nombre y no de verdad".




»Estoy convencido de que el futuro es una Iglesia de creyentes más que sociológicamente grande. Y la chilena es ´un mosaico´ muy encarnado en la vida, la historia y los problemas de Chile, los de los más pobres y de quienes han sufrido en su dignidad humana. La tradición religiosa está muy enraizada en el corazón del pueblo de Chile, con gran participación de laicos y laicas. Es una Iglesia presente en la educación, cuya inmensa mayoría de obras está en los sectores más pobres y marginados.




-Como experto en educación, ¿qué opina de la reforma educacional que el nuevo gobierno ha propuesto?



-Participé del Consejo presidencial de educación en 2008 que fracasó porque lastimosamente no se supo llegar al corazón del problema de la educación en Chile. El problema apunta principalmente a qué significa educar, quiénes tienen la tarea de educar, cuál es la misión primordial del Estado, cómo se relaciona con la misión natural de los padres de familia, cómo se configuran el derecho y la libertad a la educación. Educar significa transmitir los valores esenciales de un pueblo a la nueva generación, y no solo un aumento de conocimiento.




-¿Considera esos objetivos esta nueva reforma que iniciará Michelle Bachelet?



-No veo esos objetivos suficientemente reflexionados y presentados en los proyectos. Aparece fuertemente la gratuidad que es un medio, un camino, y lo importante no es solo conocer el camino, hay que dilucidar la meta. Todos tenemos la responsabilidad de prestar nuestra tradición de experiencia y conocimiento para que un tema tan fundamental no termine en muy poco.




-El nuevo gobierno ha dicho que a través de la gratuidad busca igualar las oportunidades para que todos los niños accedan a una educación de calidad. ¿Comparte ese propósito?



-Hay que definir bien qué es una buena educación; no hay buena educación sin mediadores, que son los educadores y la familia, las instituciones, los medios de comunicación social. Educar es una cosa muy compleja, y cuando se reduce simplemente a un bien pero que no comprende la globalidad, lastimosamente solucionamos un problema pero abrimos el camino a muchos otros.




»Se pensaba que la LOCE (Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza) sería la gran solución y cinco años después, todo el mundo dice que no sirve. El derecho a la educación es fundamental y hay que reconocerlo, supone que todos tengan acceso a una educación de calidad y hay que definir qué entendemos por eso.




-¿Le preocupa que el Estado aumente su rol como proveedor único en un esquema de gratuidad universal?



-El Estado tiene el deber de proveer los medios y el derecho de controlar que ellos sean adecuada y éticamente empleados para los fines. Los educadores católicos no tenemos ningún problema con eso. Estoy de acuerdo en luchar contra el lucro entendido como algo perverso, pero tiene un sentido muy amplio y ha adquirido un significado unívoco. También es necesario un diálogo sereno sobre eso.




»Estoy convencido de que junto con una educación de calidad que ofrezca el Estado, a través de las organizaciones que estime más conveniente, es un bien para la educación pública tener una contraparte que obedece a ciudadanos que pagan sus impuestos y que sean educados de acuerdo a los principios de una familia, unos padres.




-¿Y es compatible con una mayor presencia del Estado, por ejemplo, a través de los consejos escolares, como se ha insinuado?



-No sería un camino justo. Los colegios deben tener su autonomía y orientación de acuerdo a los valores del grupo humano que los lleva adelante. Y el Estado tiene el deber de proveer a todos los ciudadanos, más allá de un grupo o de otro.




»Al día siguiente de las elecciones, visitamos como comité permanente de la Conferencia Episcopal a la Presidenta electa y le planteamos estos temas. Ella nos ha dicho que tiene una gran admiración por la educación católica y nos aseguró que se respetarán las orientaciones de cada grupo. Quedé tranquilo desde la perspectiva de lo que la Presidenta nos ha dicho, aunque sabemos que hay otros grupos que piensan diferente.




-A la luz de su experiencia, ¿qué errores cometidos el 2008 habría que considerar para conseguir, esta vez, el objetivo?



-Lo dije en el Te Deum de Fiestas Patrias y forma parte también de mi experiencia en relación al pueblo mapuche: nos han sobrado reformas de sello individual o de grupos, y nos ha faltado la búsqueda generosa de un sello común. La educación no debe interesarle a un grupo o una ideología, es un tema país, que busca el bien común y tiene que ser construido por todos.




-¿Se lo plantearon también a la Presidenta?



-Ella estuvo presente en el Te Deum y me hizo saber que había apreciado ese aporte de mi reflexión. Más allá de las legítimas diferencias, estoy convencido de que, a través del diálogo, necesitamos buscar el punto de convergencia y que todos debiéramos caminar hacia un proyecto que apunte al bien común. La búsqueda honesta del bien para todos, no solo el bien inmediato para mí. En su última exhortación evangélica, "Evangelii Gaudium", el Papa Francisco habla de la dimensión social del Evangelio. Algunos han dicho que es un Papa con ideas marxistas, y solo ha citado la Doctrina Social de la Iglesia.




-En el Te Deum también mencionó "signos de que nuestro ropaje institucional nos queda estrecho", algunos lo leyeron como apoyo a reformas políticas.



-No me refería a aspectos específicos. Aún no se conocían las propuestas definitivas de reformas políticas que se impulsarían. Sin embargo, es esencial que las instituciones se deban a las personas concretas de este tiempo, que experimentan el cambio vertiginoso de la cultura contemporánea.




-¿Hablaron también con Michelle Bachelet de proyectos legales que preocupan a la Iglesia, como el aborto o el matrimonio homosexual?



-Todas las encuestas, como la de la Universidad Católica-Adimark, revelan que la familia es el valor más apreciado por los chilenos y por los jóvenes. La familia ocupa un rol preponderante en el discurso de las autoridades, aunque llama la atención que en los hechos prácticos no es tan así; por ejemplo, es más fácil acceder a beneficios de la vivienda para una pareja que para un matrimonio.




»Estamos viviendo muchos cambios y cuando una cultura vive este terremoto, hay valores que se desdibujan. Por ejemplo, en la sociedad hay una valoración muy grande de la libertad, y es una gran conquista, pero como la libertad humana no es absoluta, debe saber dialogar con otros valores, por ejemplo: el respeto a la persona humana, la verdad, la tolerancia.




»Proclamar la belleza de la familia no me impide abrir el corazón a aquellas familias que están heridas o comprender a aquellos que están viviendo una realidad diferente. La Iglesia ha distinguido siempre la situación ideal de la condición concreta de las personas.




-Más que comprensión, hoy se está proponiendo un marco legal.



-Recuerdo la sentencia de un gran jurista romano que decía: "Cuanto más corrupto es un país, tanto mayor es su necesidad de leyes". La ley está para evitar los males, pero si un país cultiva el bien, puede vivir con las leyes fundamentales.




»Hay que tener los ojos y el corazón abiertos frente a situaciones como la homosexualidad o el aborto, saber proclamar la verdad y la belleza de la vida, llamada a desarrollarse en la comunión de un amor que sea fecundo. Ante situaciones concretas hay que tener un corazón muy comprensivo. "¿Quién soy yo para juzgar?", como dijo el Papa.




-¿Qué rol aspira a jugar la Iglesia en este debate?



-Queremos servir y, más allá de nuestras fragilidades, aportar a la sociedad los grandes valores que han hecho a nuestro país grande y próspero. La Iglesia no dejará de proclamar la verdad que le hace bien al país: un don que ofrece y que no puede ser considerado atropello para los demás. La Iglesia no se opone a dialogar sobre estos temas, como dicen algunos; es importantísimo hacerlo desde la búsqueda de la verdad y del bien de las personas, llamadas a ser plenamente felices.




-Ellos dicen que la Iglesia quiere imponer su visión a toda la sociedad, incluidos los no católicos.



-No, solo queremos aportar nuestra visión al país que es mayoritariamente cristiano. Los miembros de la Iglesia católica somos ciudadanos como todos los demás, con derecho a aportar y con el deber de respetar la legislación que el país se da.




-Como cardenal, usted se suma a los colaboradores más cercanos del Papa. ¿Cuál diría que es el carisma de Francisco, a casi un año de su designación?



-Hoy me llegó por fax la carta del Papa a los nuevos cardenales, y le voy a mostrar la firma; se ve apenas, por su mínimo tamaño, y sigue siendo la misma que le conocí como obispo de Buenos Aires cuando nos ayudó en diferentes obras a la reconstrucción en Concepción después del maremoto. Eso muestra un estilo; su sencillez, su espiritualidad, la conciencia de no ser grande que es una conciencia evangélica muy profunda. En la Conferencia de Aparecida me tocó trabajar con él en la redacción del texto, y constaté su impresionante fe.




-Ha puesto énfasis en cambiar formas, como no usar los departamentos vaticanos o los zapatos rojos de Benedicto XVI. ¿Es una crítica implícita?



-No, hay una experiencia de vida de autenticidad. El Papa no actúa por apariencia, no le interesa, quiere ser de verdad un seguidor de Jesucristo en lo esencial, por eso quiere una iglesia pobre para los pobres. Su carta a los cardenales es una invitación a la sencillez.




-¿Ese estilo del Papa ha permeado también la conducción de la Iglesia de Santiago?



-He tratado de estar siempre muy cerca de la gente. Siento que el don que regaló el Señor ha sido la cultura campesina, sencilla, de mucho diálogo en la que nací. En 18 años de obispo, nunca he pedido a la Santa Sede un título honorífico para mis sacerdotes, ni tampoco he recibido nunca una petición de uno de ellos en ese sentido.




»No existe eso en la Iglesia de Chile. Quiero mucho a sus sacerdotes, y veo que están muy lejos de eso; incluso aquellos que tienen el título no lo usan. Es un signo externo pequeño, pero que indica la claridad de un clero que quiere ser pastor con olor a oveja, como dice el Papa.




-Los cambios y algunas declaraciones de Francisco son criticados por sectores conservadores. ¿Efectivamente está abierto a reformas más liberales?



-En lo doctrinal, es un Papa con mucha adhesión a la fe. No ha dicho nada contrario a la tradición de la doctrina y la fe católica; al contrario, ha reafirmado con mucha fuerza cosas que algunos han interpretado a su manera.




»Hoy hablamos de esto con el subdirector del L´Osservatore Romano, el diario oficial de la Santa Sede, que fue compañero mío de estudios en Roma, y él me decía cómo hay grupos que quieren aprovecharse de lo que el Papa dice.




»Vale la pena leer su exhortación apostólica que se titula "El gozo del Evangelio"; es el estilo y el espíritu de lo que el Papa le está pidiendo a la Iglesia de hoy. Y no van a encontrar nada contrario a lo que el magisterio de la Iglesia dice. Una cosa es la doctrina y otra el gesto pastoral, que depende mucho del carácter de las personas.




-¿Defraudará entonces Francisco a quienes esperan de él que reconsidere la situación de los divorciados o el sacerdocio femenino?



-No va a defraudar a nadie, porque esas cosas no pertenecen a la esencia de la Iglesia. La mujer más grande de la historia cristiana es María, y Jesús no la hizo sacerdote; no por eso deja de ser la más santa de los santos. La lógica del Evangelio no es la de una democracia simplemente humana.




»Las reformas que está haciendo el Papa son mucho más profundas; no tocan la periferia, sino el corazón. Su llamado a la conversión, a dejar las estructuras caducas para servir de verdad al anuncio del Evangelio es lo esencial. Que haya dejado de usar la capa roja no tiene ningún significado. Quiere una Iglesia santa de Jesucristo, portadora de buenas noticias y de vida abundante, especialmente para los más pobres. Comparto de corazón su mensaje.







18:16
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