El mal ejemplo de algunos gobernantes


El presidente de Francia, François Hollande, está dando de nuevo un pésimo ejemplo de infidelidad a su pareja. No es la primera vez que da pruebas de veleidad sentimental, que el sujeto parece bastante tornadizo en asuntos de corazón y entrepierna. Tampoco es, ni muchísimo menos, el primer presidente francés un tanto despendolado. Tal vez desde el General De Gaulle y su sucesor, Pompidou, no se ha dado en el país vecino un solo jefe del Estado decente, si bien Holland acaso se lleve la palma.

Estuvo amancebado durante años con su propia rival política en la lucha por la jefatura del Partido Socialista, Ségolène Royal, con la que tuvo cuatro hijos. Era una situación de película de humor grueso, a lo Mariano Ozores. Durante el día se disputaban el liderazgo del socialismo galo, y por la noche compartían cama. Luego, cuando Ségolène empezó a cumplir años, la sustituyó por la periodista Valérie Trierweiler, sin darse cuenta, ésta última, que la misma faena que le hizo a la anterior, se la podía hacer a ella, y, efectivamente, ha terminado dándole la patada en sálvese la parte, sustituyéndola por otra más jovencita, la actriz Julie Gayet.




Valérie, que al decir de los cotillas informativos, se ha llevado un disgusto morrocotudo al conocer la deslealtad de su amante, no tiene muchos motivos de queja, porque le han pagado con la misma moneda con que ella pagó a doña Ségolène. C’est la vie, que dirán sus paisanos.




Pero de este vodevil picante se desprenden algunas lecciones. Por ejemplo, la escasa seriedad de ciertos políticos, y no sólo franceses, que únicamente quieren gozar de las mieles del mando, sin hacerse responsables de la obligación ejemplarizante que lleva consigo el ejercicio del poder. El rijoso Hollande alega que se trata de asuntos privados, pero no tan privados que al final no salen a la luz pública, con el consiguiente cachondeo de la grey que vota y paga. Además, si le gusta estar a todas horas en el escaparate popular, a mayor gloria personal, no puede lamentarse que si le pillan en cualquier desliz, de la clase que sea, no sea también aireado. La popularidad, tiene esos inconvenientes.




Aunque lo peor de todo es la desconfianza social que generan las conductas desleales. Si un gobernante se lleva los cuartos ilegítimamente de algún negocio particular, cómo no vamos a pensar que hará algo parecido cuando tenga a mano los presupuestos oficiales. Del mismo modo, si un gobernante es infiel a la persona más próxima a sí mismo, esposa, “compañera” o amante “oficial”, ¿cómo no lo va a ser, si las circunstancias lo “exigen”, al conjunto de los ciudadanos que lo han elegido y representa? No lo impedirán principios éticos, que demuestra, engañando a la “propia”, que carece de ellos.




Hollande, como muchos de su cuerda, ignoran o desprecian el inmenso valor moral y social de la fidelidad, de la lealtad a la persona más allegada a sí mismos. Y lo peor, dada la posición encumbrada que ocupan, crean escuela y estimulan el ambiente inmoral que sufre el mundo en el que vivimos. Luego diremos que los jóvenes no se casan ya ni por lo civil. ¿Cuál es el ejemplo que reciben de los iconos sociales, sean políticos, deportistas, faranduleros, escritores y hasta algún que otro destacado financiero? En fin, la corrupción hecha norma general. Sodoma y Gomorra en versión siglo XXI.







18:00
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