Cardenal Carles: un buen obispo, un hombre de fe


Ha muerto el cardenal Carles, que fue durante 14 años arzobispo de Barcelona y que, con anterioridad, había sido a lo largo de 21 años más como pastor en Tortosa.

Llega la hora de los reconocimientos, algunos podían haber sido más útiles si se hubieran producido en vida. Y también se mantiene el grupito de los hipercríticos, aquellos que nunca perdonaron a Carles el ser un hombre de fe fiel a su Iglesia sin temor del mundo.




Porque la primera impresión que recuerdo de él, al menos en mi caso, es encontrarme ante un hombre de Dios lleno de fe. Parece que esta debería ser la condición general de todo sacerdote y de todo religioso, pero no es ni mucho menos así.




Esta capacidad de transmitir la propia convicción no nace un discurso elaborado, porque no obedece a un proceso ideológico, sino que surge del centro mismo del corazón. Son miradas, actitudes, palabras... Es algo que irradia de la propia persona. Pero, para percibirlo, no hay que estar ideologizado, no hay que leer el seguimiento de Cristo como un bando, como una bandera de partido, porque entonces la fe en su dimensión real nunca puede percibirse.




El cardenal Carles fue un hombre que tuvo una gran confianza en los laicos. También podría parecer que esta es una condición general de todo pastor. No es cierto.




Por comodidad, por temores, por cohesión del grupo e identidad del mismo lenguaje, muchos pastores tienen a los laicos como una especie de tropa auxiliar a la que llaman cuando es necesario, pero en la que no confían ni otorgan responsabilidades. El cardenal Carles fue todo lo contrario.




E-Cristians (www.e-cristians.net) nació durante su mandato y muy al margen de él. No es ni tan solo una asociación de Derecho Canónico, pero cuando fuimos a verlo y le planteamos las primeras iniciativas siempre encontramos una acogida extraordinaria. La lista de hechos relevantes podría ser larga. Me limitaré solo a dos.




Sin él, hubiera sido muy difícil constituir el Pacto por la Vida, que agrupaba a más de setenta entidades y movimientos, que era capaz de llenar grandes auditorios, como el Palacio Municipal de Deportes o el Palacio de Congresos, de reunir cinco o seis mil personas en un acto.




Esto fue posible porque él, en el origen, se implicó para romper esas barreras ideológicas, personalistas, que separan a esta asociación de aquella, a este movimiento del resto.




La segunda gran cuestión fue la Convención de Cristianos por Europa, una actuación emprendida cuando se discutía la llamada Constitución Europea y la incorporación de alguna referencia al cristianismo en su texto. Fue una iniciativa que partió de Cataluña, de E-Cristians, y que él nos ayudó de una forma activa y decidida a presentarla ante la Secretaría de Estado del Vaticano y, a partir de ahí, se consiguió que esta iniciativa adquiriera un ámbito realmente europeo.




El acto fundacional se celebró en Barcelona y fue un hecho extraordinario, para nosotros los laicos y también para la unidad de acción en el ámbito europeo. Fue un ejemplo de unidad entre los laicos cristianos. Sin él no hubiera sido posible.




Carles era también un hombre de una gran dimensión social. Los que le llaman conservador sencillamente se engañan. Hoy lo reconoce mucha gente, empezando por el alcalde de Barcelona, cuando afirma que "ejerció su tarea con mucha generosidad y una fuerte implicación con los problemas sociales".




Una parte de la diócesis de Barcelona está en deuda con él por el trato injusto que le otorgó.




Es ilustrativo leer, todavía hoy, algunas de las declaraciones de pequeños personas de la vida eclesial barcelonesa, que mantienen un discurso fracasado y profundamente ideológico contra Carles, y compararlo con lo que dicen las gentes de Tortosa, donde esta penetración ideológica es inexistente y donde se sabe reconocer por parte de todos su testimonio de vida. Es como se refirieran a dos personas radicalmente distintas.







Yo doy testimonio de que la descripción desde Tortosa es la que responde a la realidad.




Carles no fue bien tratado por la mayoría de medios de comunicación de Barcelona, y esto era así porque era un obispo incómodo. Nunca hizo un gesto innecesario, cierto, pero nunca tuvo la tentación de confundirse con el paisaje, de lanzarse a la piscina y salir seco.




Fue un ejemplo, una persona que comunica y vivifica la fe, y esto acostumbra a tener un coste. Ahora, con el funeral en la catedral, llena a rebosar, con el continuo afluir de personas que se ha producido en la capilla ardiente, la diócesis compensa esta injusticia de algunos.




Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos







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