La muerte y la luz de la fe


Hace algunos años mantuve un intercambio epistolar interesantísimo con un buen amigo, agnóstico, de un corazón y un pensamiento inquieto, preocupado muy mucho por el problema del mal que él había sufrido en sus propias entrañas; ya murió; Dios lo habrá acogido en su infinita misericordia. En una de sus cartas hay una expresión referente a la muerte que me dejó y sigue dejándome helado por lo estremecedora que resulta: «Pero la muerte lo niega todo...», decía mi amigo bueno.

No sé si interpreté e interpreto bien a mi amigo, si entiendo que ahí afi rmaba él que la muerte es la nada absoluta, el acabamiento y el final total, la aniquilación plena de la persona, el fi n defi nitivo donde todo se disuelve y no queda nada más que nada, la pura nada. Eso es terrible. Si la muerte lo niega todo, ¿qué sentido tiene la vida? ¿Para qué vivir, para qué esforzarse, para qué trabajar, para qué amar, para qué casarse...? Todo vanidad y sinsentido. Todo vacío. Los cristianos, yo con ellos, no podemos mirar, no miramos, la muerte de esa manera, sin esperanza. Aseguramos y testificamos que la muerte no tiene la última palabra, ni que el abismo de la nada, que es la muerte, se alce con la victoria. Y la razón para esto, no sólo es la refl exión filosófica que nos conduce a la inmortalidad del alma, del hombre; ésta no basta; sino sobre todo es el hecho de la muerte y de la resurrección de Jesús. Podríamos decir con total acierto: ¿Qué sucedería si la resurrección de Jesús no hubiera tenido lugar? ¿Sería Jesús un muerto más, que no significaría nada especial entre el número de muertos de la historia universal, o expresaría algo más hondo? Si no existiera la resurrección, la historia de Jesús terminaría con el Viernes Santo. Jesús se habría corrompido, sería alguien que fue alguna vez. Esto significaría que Dios no interviene en la historia, que no quiere o no puede entrar en este mundo nuestro, en nuestra vida y en nuestra muerte. Todo ello querría decir, por su parte, que el amor es inútil y vano, una promesa vacía y fútil; que no hay tribunal alguno y que no existe la justicia; que sólo cuenta el momento; que tienen razón los pícaros, los astutos, lo que no tienen conciencia.




Muchos hombres –y en modo alguno sólo los malvados– quisieran efectivamente que no hubiera tribunal alguno, pues confunden la justicia con el cálculo mezquino y se apoyan más en el miedo que en el amor confiado. Así se explica el apasionado empeño en hacer desaparecer el domingo de Pascua de la historia, en retroceder hasta situarse detrás de él y detener la historia en el Sábado Santo. De una huída semejante no nace sin embargo, la salvación, sino la resignación y la triste alegría de quienes consideran peligrosa la justicia de Dios y desean, justamente por ello, que no exista. De ese modo se hace visible, no obstante, que la Pascua significa que Dios ha actuado, que el hombre está llamado a la vida, vida eterna y feliz, al amor sin límite alguno donde está la vida y la dicha sin fi n: signifi ca sencillamente que Dios existe y que es amor, y vida; significa que Dios ama al hombre de manera irrevocable, y no le deja en la estacada, ni que caiga y perezca en el abismo de la nada, en el abismo de la muerte: su amor es más fuerte que la muerte y lo llena todo, nada ni nadie podrá separarnos de El, de su amor que se ha revelado en el hecho real de la muerte en la cruz de su Hijo, Jesucristo, y en su victoria sobre la muerte por su resurrección. Esta es la esperanza del cristiano ante la muerte: la vida eterna, que alimenta la confi anza en medio de nuestra amenazada historia, pero que no tiene nada que ver con la utopía. La vida eterna es mi propio futuro, personal e intransferible, y por eso fuerza confi guradora de historia.




Esta es la fe de los cristianos. Una fe que no nos hace olvidar la dureza de la muerte ni el sufrimiento que comporta, ni, por ende, los sufrimientos humanos que son tantos, tan grandes y tan extensos: pero los transforma y los llena con su luz. El cristiano sabe que tanto la muerte como los sufrimientos no pueden ser eliminados, pero pueden recibir un sentido, una luz, pueden ser un acto de amor, una entrega en las manos de Dios que no nos abandona y que los ha asumido como suyos. Esta luz de la fe, que brota del Amor que nos sostiene, nos hace mirar, afrontar y vivir con esperanza el futuro donde encontramos irremisiblemente la muerte y las situaciones de amenaza de muerte en los sufrimientos y en tantas fuerzas aniquiladoras cargadas de llanto y dolor que se ciernen sobre el hombre cada día. La fe empuja, con una fuerza irresistible –la del amor, la de Dios que es Amor–, a poner la mirada fija en la esperanza. El domingo, fiesta de Cristo Rey –centro de todo, de todo lo creado, de toda la historia, del pueblo de Dios, la Iglesia, y de la vida de cada uno– finalizamos el «Año de la fe». No nos dejemos arrebatar, robar, la esperanza ni la fe, sin duda, el don más precioso que ninguno nos puede quitar. Lejos de caminar como cariacontecidos, la fe nos hace vivir la gran alegría de su don que no se puede ocultar y que es preciso, urgente, comunicar y dar a probar a otros.




© La Razón







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