Necesariamente enanos (I)


Hace unos cuantos años disfruté mucho al escuchar por la radio al joven Prof. Álvaro Abellán, en una sección titulada: “A hombros de gigante”. Conocí de una forma amena y agradable a grandes pensadores, santos, filósofos, eruditos, historiadores, etc. desde que el hombre comenzó a dejar huellas sobre su pensamiento y a lo largo de la historia. Hombres y mujeres que quisieron adentrarse en el gran mundo del saber y nos invitaba a ser enanitos. Enanitos subidos a los hombros del personaje para aprender a mirar al hombre, al mundo, a la vida y a Dios desde su mirada.

La idea bien resumida queda comprendida así:



«Dicebat Bernardus Carnotensis nos esse quasi nanos, gigantium humeris insidentes, ut possimus plura eis et remotiora videre, non utique proprii visus acumine, aut eminentia corporis, sed quia in altum subvenimur et extollimur magnitudine gigantea», en Melalogicon III, 4, obra de su discípulo Juan de Salisbury.




En castellano: «Somos enanos encaramados a hombros de gigantes. De esta manera, vemos más y más lejos que ellos, no porque nuestra vista sea más aguda sino porque ellos nos sostienen en el aire y nos elevan con toda su altura gigantesca».




Saberse enano resulta muy saludable, fundamentalmente porque a nuestro ego y orgullo primario le encanta susurrarnos interiormente que somos estupendos y sabemos ya mucho…




Y resulta aún más saludable en personas católicas, quererse; saberse y, reconocerse enanos. La Doctrina de nuestra Fe, la Tradición y Magisterio de la Iglesia Católica resulta tan ingente, que sólo unos pocos gigantes como el Papa emérito Benedicto XVI y ahora, - tanto con su praxis, como con su palabra, el Papa Francisco -, han visto y ven desde mucho más alto que la mayoría de los mortales. Bien saben ellos, que los que les toca es custodiar el depósito de la Fe recibida y aún más saben ellos, que el Dueño y Señor de la historia es Dios.




Por ello mismo, sus movimientos, acciones, encuentros, lecciones y palabras deberían ser vistos desde la perspectiva del buen enanito tras haber subido unos cuantos peldaños para tratar de ver desde lo que puedan estar queriéndonos decir. El buen enanito ejercita la ascensión por el descenso interior, sube peldaños para ver bien a quien reconoce como maestro.



Éstos gigantes, probablemente “ven más allá” y creen firmemente que por mucho que Dios sea el Dueño y Señor de la historia, en sus misterios ha querido y quiere la colaboración del hombre para que la Salvación llegue a toda la humanidad. Quizá por ello, deba sorprendernos y mucho, la Consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María, que el domingo 13 de octubre realizará el Papa Francisco. Y como buenos enanitos, no sólo sumarnos, sino cuestionarnos en profundidad este hecho, -desde la fe más absoluta y desde la razón más comprensiva de la realidad-, en este momento de la historia.




Estos gigantes vienen de lejos. Cada uno ha sido aprendiz, ha estudiado, enseñado, experimentado, contrastado, escuchado, dialogado, acumulado “Gracia y Sabiduría”, reflexionado, sobre todo: orado y además, cuentan con una asistencia especial del Espíritu Santo.



Cuando uno se sabe enano y opta por subirse a hombros de gigantes, ellos dan la confianza y serenidad para preguntarles cuando brota el interrogante ante alguna afirmación suya. Se puede establecer un diálogo real con ellos, aunque sea un diálogo en la intimidad propia. Ellos enseñan la perspectiva de esperanza ante el futuro, pero antes recordando el pasado y comprendiendo el presente, o el contexto (la famosa “hermenéutica” tan nombrada por Joseph Ratzinger). Las respuestas para estar en la verdad de Dios completa o de la Iglesia no vienen dadas rápidamente y sin el tiempo necesario de maduración, más bien llegan fruto del saber esperar, de la reflexión, de leer, de atreverse a pensar, y a la vez, ponerlo en suave oración interrogante al Señor para que ilumine.




Un buen enano católico podría ser así:



- Quiere serlo y así lo siente.



- Observa mucho, posee una sana curiosidad y está atento a lo que sucede.



- Le fascina, admira y asombra la Fe católica (sabe que es un don recibido).



- Lee con serenidad, no cualquier cosa, ni de cualquier fuente, tiende a fuentes autorizadas.



- Prescinde de otras cosas para dedicar tiempo a aprender y a leer (si carece de tiempo para recrearse con el libro en la mano, suele recurrir con frecuencia a www.vatican.va y ordenadamente va abordando temas, autores, etc. sabe que ahí va encontrando respuestas a muchos de sus interrogantes).



- Cuando algo le desconcierta, suele callar, como primera reacción y habla cuando le surgen dudas con quien sabe que puede compartirlas y juntos reflexionan con la libertad propia de los hijos de Dios, en voz alta y dialogan, contrastan, dilucidan, se aventuran a ser profetas “¿te imaginas que…?” pero no caen en el juicio gratuito y lleno de temeridad, mucho menos hacia quienes reconoce como maestro.



- Su oración se enriquece mucho más si todo lo que bulle en su interior lo eleva a Dios y le pide iluminación. Dios, en esas cosas es hábil y rápido en poner el pensamiento adecuado en la mente y si realmente la respuesta viene del Espíritu de Dios, el corazón lo confirma más o menos en breve tiempo.




En la parte II de este “Necesariamente enanos” trataremos de concretar algo más. Una buena recomendación: http://www.dialogicalcreativity.es/2013/08/somos-enanos-encaramados-hombros-de.html







17:32
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