Mártires, la semilla del odio sigue ahí


La magna beatificación en Tarragona de 522 Mártires del Siglo XX durante la guerra civil española ha sido, además de excepcionalmente solemne como se merecía el acontecimiento, un acto exclusivamente religioso en reconocimiento a su total fidelidad y entrega a Jesucristo y un deseo de reconciliación con todos, incluso con los verdugos, que fueron perdonados por las propias víctimas en el momento supremo de su muerte.

Pero ¿quiénes fueron aquellos verdugos que la Iglesia perdona públicamente como lo hicieron sus víctimas? Personas, aunque actuaban como fieras, con el corazón envenenado por ideología perversas y cainitas que causaron centenares de millones de muertos a lo largo y ancho del mundo entero: España, la antigua Unión Soviética, países del Este europeo, la inmensa China, Vietnam, Camboya, Laos, Corea del Norte, Cuba, etc.




No obstante, la Iglesia, en la parte que le toca y fue mucha, particularmente en España, aparte de perdonar, desea reconciliarse con quienes se consideraron sus enemigos, actitud –la de la Iglesia- muy propia de su espíritu y misión que sólo puede merecer elogios por lo que tiene de cauterizadora de viejas fracturas y heridas sociales. Ahora bien, del mismo modo que dos no se pelean si uno no quiere, dos tampoco se reconcilian si uno en lugar de aceptar la mano que se le tiende, la muerde. Porque los epígonos actuales de aquellos que mataban a las personas por odio a lo religioso, con representación en las Cortes españolas, no sólo no han perdido perdón por las atrocidades cometidas por sus ancestros, sino que no pierden oportunidad para dar pataditas a las espinillas, como los malos jugadores de fútbol, de la Iglesia y sus instituciones, sobre todo en el ámbito educativo y de moral. No digo yo que no fueran a hacer lo mismo, si volvieran -¡Dios nos libre!- tiempos terribles como los de aquella guerra civil. Me temo que no han aprendido nada ni se arrepienten de nada.




Con la beatificación del domingo último, son ya 1523 las víctimas del terror frentepopulista que han sido beatificadas, y podrían ser muchas más, dado que de 1934 a 1939 fueron asesinados 6759 consagrados, entre obispos, sacerdotes diocesanos, religiosos y religiosas, además de numerosísimos seglares. Cabe mencionar la escasísima proporción de seglares –yo casi siempre digo seglares y no laicos-, apenas 60 mártires beatificados, un insignificante 0’4 por ciento de los diez mil de ellos –según las estimaciones de Santiago Mata en su reciente libro “Holocausto católico”- que fueron también abatidos por el simple hecho de ir a misa o pertenecer a alguna asociación piadosa. Claro, los seglares no tienen detrás ninguna orden o congregación que impulse el necesario proceso de beatificación, pero están las diócesis para corregir este déficit. Si no se hace será porque los obispos no tienen especial interés en reconocer los méritos de lo peones de la “fiel infantería”, aunque es la que llena los templos, en la medida que los llena y ha llenado; aporta sus hijos, cuando los aporta, a las vocaciones religiosas; mantiene en pie, cuando las mantiene, las asociaciones de apostolado, y sostiene económicamente a la Iglesia y sus obras. Que por algo de todo ello los mataron en aquel aciago período. En consecuencia, no estaría de sobra un poco más de equidad a la hora de reconocer las virtudes de cada cual. Pondría más de manifiesto la universalidad de la Iglesia y su necesaria desclerización. A ver si el Papa Francisco, en sus propósitos reformadores, tiene un poco más en cuenta a los seglares.







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