Muere a los 27 años para salvar a la bebé que lleva en su vientre

Una familia californiana de jóvenes papás con tres hijas y una cuarta en camino, a pesar de sus problemas cardiacos, mamá Charlene se sometió a una cirugía para salvar a la pequeña Quinn que nació prematura y está bien

Todo se decidió de prisa sin tiempo para reflexionar, solo el tiempo para decir sí a una cirugía para salvar a una hija en peligro; incluso en riesgo de muerte. Para una madre este tipo de elección instintiva no es irrazonable, sino que está llena de esa conciencia visceral del lugar de uno, de ser guardián de la vida. De hecho, ni siquiera es una elección; en todo caso es la confirmación de un sí dicho mucho antes, y que se confirma día tras día en la vida familiar.

Una familia abierta a la vida

Charlene Flores vivía en Fresno, California, con su marido Elesandro y sus tres hijas. Ella, 27 años, había festejado en febrero los diez años junto a su dulce mitad y estaban a espera de la cuarta hija, Quinn. Las pocas noticias sobre ellos muestran a una familia modesta y serena, con sobre abundancia de mujeres y una fe cristiana compartida.

Hemos oído muchas veces, con un escalofrío, ese pasaje del Evangelio en que se dice que el Señor vendrá como un ladrón en la noche. En su ímpetu, quizá, no hay ni habrá nada de violento, sino una medida casi completa de lo que creemos se construya con años y décadas de preparación.

Si dependiera de nosotros, estaríamos listos mañana; más preparados pasado mañana, convencidos y seguros en cinco años. “Te necesito ahora” es el único criterio de Dios, que no se basa en la meritocracia ni exige el curriculum lleno de competencias; llega y pide la libertad de acoger un proyecto, como hizo con María cuando le mandó al ángel. Y la mamá dijo sí.

Aunque no estaba cerca del plazo del parto, hacía algunas noches Charlene sintió contracciones fuertísimas y su marido la llevó al hospital: una fuerte hemorragia interna estaba poniendo en riesgo la vida de la hija, y los médicos dijeron que era necesaria una cesárea. El marido cuenta que Charlene accedió sin dudarlo, a pesar de saber que sus problemas cardiacos volvían la cirugía arriesgada para su salud.

No da ni tiempo para comunicar al papá que la cesárea fue bien y que Quinn nació cuando se dispara el código azul, Charlene muere.

La incubadora

“Le dije a mis hijas que son una expansión de su mamá – dijo el papá Flores -. Ustedes son mujeres y serán toda mi vida; y también estoy seguro de que me cuidarán “(por ABC11News)

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Mientras tanto en la incubadora la pequeña Quinn crece y se fortalece. Los vínculos primordiales son nuestra verdadera democracia. En todas las latitudes, en los barrios populares y burgueses, cada uno se encuentra con el corazón latente del mundo: los asuntos de la vida o la muerte, la elección consciente del bien y el mal, el odio y el amor ocurren en todos los hogares. Estamos acostumbrados a degradar la vida común, en los lugares comunes, entre la gente banal; en realidad, es precisamente entre nosotros, cualquier persona, que todo lo que Dios considera indispensable sucede.

Ayer por la tarde un atardecer con colores extraordinarios llenaba el cielo sobre el supermercado al que estaba por entrar. También en este caso era una presencia furtiva como un ladrón que dio luz a lo que me parecía apagado y monótono. Me dio la impresión de que alguien quería dar un vuelco a mi concepto de aburrimiento y días transcurridos en el vacío. Escuela-trabajo-comida-compra-cena-cama. Me olvido a menudo que estas palabras repetitivas son el recinto de mi incubadora.

Puedo intuir qué tipo de vida sencilla y atareada tuviera Charlene, puedo imaginarla feliz en su casa y cansadísima al final del día. El ordinario y descuidado eje del mundo, la familia. Es todo lo que necesita una persona para madurar y llegar al punto supremo de la vida en el que realmente mire su propio rostro en el reflejo de lo eterno. Sin efectos especiales, cada paso y trama del día es una llamada a colaborar con el proyecto de Dios, que en el caso de Charlene ha llevado a un reto que será etiquetado como heroico.

Ella no lo actuó como tal, no tuvo tiempo; si el heroísmo existe, parte de antes: es el haber sido hija, luego esposa, luego madre y todas las pequeñas grandes historias entremezcladas alrededor de la casa que la llevaron a ser plenamente consciente, incluso en el ímpetu del momento trágico, de lo que quería ser. Estaba lista, sin estar preparada, porque – me imagino – tenía a sus espaldas la solidez de la experiencia de días sencillos transcurridos jugando, estudiando, enamorándose, trabajando, amando, riendo y llorando junto a su marido y sus tres hijas.

Cuanto más se centran los ojos en un nido de bien al qué pertenecer y al cual cuidar, más el yo madura sin preocuparse demasiado de sí. Solo con un gran esfuerzo intelectual se puede separar el yo de una madre del tú del bebé que está en su vientre. En la experiencia mucho más cotidiana, viva y, por lo tanto, extraordinaria, la mamá siente una unidad más grande que las partes individuales del cuerpo “mías y tuyas”: Charlene no eligió morir, sino dar a luz para decir sí a lo que estaba contenta de ser, madre.

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