¿Es el cristianismo culpable de la crisis ecológica?

Somos responsables de los desastres actuales y del futuro de la vida en el planeta

Cierto modo de ver la vida humana y al mundo considera al ser humano como centro absoluto de la realidad, imponiendo un uso tiránico de la racionalidad, midiéndolo todo por la productividad, la eficacia, la rentabilidad y el éxito inmediato, lo cual legitima que la naturaleza sea depredada sin ningún tipo de reparo ético.

Los valores de la lógica instrumental lo transforman todo en un medio para alcanzar los fines e intereses particulares de quien detenta el poder absoluto sobre el resto de la vida en el planeta.

Esta mentalidad existe y es evidente su impacto en la crisis ambiental.

Un prejuicio muy difundido: White y Boff

Algunos han lanzado la hipótesis de que esta mentalidad es un fruto de la doctrina judía y cristiana sobre la relación del hombre con la naturaleza.

El caso más conocido es el del profesor de historia medieval Lynn White Jr, quien publicó en 1967 un artículo en la revista Science titulado “Raíces históricas de nuestra crisis ecológica”.

Señaló a la tradición judeocristiana como principal culpable por establecer un dualismo entre el ser humano y la naturaleza que desacralizó el mundo y lo trató como un simple producto vaciado de espíritu.

Las cosas estarían ahí para ser puestas al servicio del hombre como dueño y señor absoluto de todos los animales, plantas y mares.

El teólogo brasileño Leonardo Boff comparte la opinión de culpar a la doctrina judeocristiana como legitimadora de la explotación de la tierra por parte del ser humano y cita como elementos antiecológicos: el patriarcalismo donde lo masculino se impone ante lo femenino, el monoteísmo que considera a un principio creador distinto del mundo, y el antropocentrismo donde el ser humano es el punto más alto de la creación y el dueño la naturaleza.

Para Boff la mirada cristiana sobre la naturaleza la ha demonizado hasta despreciarla por completo. En su opinión, “somos tierra misma que se hace autoconsciente”, y su postura se acerca a un panteísmo emanacionista al estilo New Age.

La respuesta del papa Francisco

Tanto la postura de White como la de Boff nacen del prejuicio y de una mirada equivocada sobre la interpretación del relato bíblico del Génesis.

En realidad será el antropocentrismo moderno quien dejará al hombre como dueño y señor de la naturaleza y ya no rendirá cuentas ante nadie como “administrador” de un bien que no es suyo y del que debía cuidar.

El papa Francisco en su encíclica Laudato Si responde a este prejuicio tan extendido:

“No somos Dios. La tierra nos precede y nos ha sido dada. Esto permite responder a una acusación lanzada al pensamiento judío-cristiano: se ha dicho que, desde el relato del Génesis que invita a “dominar” la tierra (cf. Gn 1,28), se favorecería la explotación salvaje de la naturaleza presentando una imagen del ser humano como dominante y destructivo… Hoy debemos rechazar con fuerza que, del hecho de ser creados a imagen de Dios y del mandato de dominar la tierra, se deduzca un dominio absoluto sobre las demás criaturas. Es importante leer los textos bíblicos en su contexto, con una hermenéutica adecuada, y recordar que nos invitan a “labrar y cuidar” el jardín del mundo (cf. Gn 2,15). Mientras “labrar significa cultivar, arar o trabajar, “cuidar” significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar. Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza. Cada comunidad puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla y de garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras. Porque, en definitiva, “la tierra es del Señor” (Sal 24,1), a él pertenece “la tierra y cuanto hay en ella” (Dt 10,14). Por eso, Dios niega toda pretensión de propiedad absoluta. (Laudato Si, 67)

Y en los numerales siguientes continúa con una amplia referencia a citas bíblicas que dan cuenta del respeto de la visión judeocristiana por la naturaleza y del cuidado que el ser humano ha de tener con todo lo creado.

Aunque las tesis de White y Boff tienen algo de cierto, en tanto que históricamente se ha arraigado en occidente una depredación fundamentada en cierta indiferencia por la naturaleza, pero que, si bien ha entrado en autores cristianos, pertenece a la modernidad y a otros enfoques que no se sostienen en la fe bíblica.

El individualismo moderno, que ha marcado profundamente a autores cristianos y la obsesión con la salvación individual, ha descuidado la mirada teológica sobre el resto de la creación.

Si bien no es posible culpar unilateralmente al judeocristianismo ni a la Biblia del maltrato a la naturaleza, es preciso resaltar que el cristianismo moderno ha quedado, no pocas veces, atrapado en una ética demasiado antropocéntrica y ha olvidado una mirada más bíblica y original de la Creación como don de Dios que hemos de cuidar y respetar.

De hecho, grandes figuras del cristianismo escribieron sobre la naturaleza con profundo amor y admiración (san Agustín, san Basilio, san Martín de Tours, santa Hildegarda de Bingen, Francisco de Asís, etc).

El papa Francisco advierte también del otro extremo predicado por algunos, de un emanacionismo gnóstico que intenta con supuestas “bases científicas”, que son más bien metafísicas, reducir al ser humano a un tipo de vida más entre otros, desde una explicación de lo real que anula la libertad y nos deja en manos del determinismo o del azar, evadiendo toda responsabilidad del ser humano sobre la naturaleza y sobre las futuras generaciones.

Si no somos nada más que un montón de materia y energía evolucionando sin sentido y sin libertad, nadie tiene responsabilidades.

Cuando la persona humana es considerada solo un ser más entre otros, que procede de caprichos del azar o de un determinismo físico, se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de responsabilidad. (LS 118).

La dignidad humana no se opone al cuidado de la naturaleza. Si bien el cristianismo considera al ser humano portador de una dignidad infinita en la cima de todo lo creado, toda la naturaleza creada es portadora de una trascendencia que remite al Creador y por lo tanto, nunca es mero objeto de explotación o de uso instrumental, sino que debe ser respetada y custodiada por el hombre.

El origen del problema

En la época moderna se rompe la visión del mundo en su dependencia del Dios revelado en la Biblia, y figuras del pensamiento del siglo XVI como Descartes y Newton dieron lugar a un modelo de comprensión de la realidad mecanicista y matematizable.

Francis Bacon en su Novum Organum, ve en la ciencia el camino que devolverá a los seres humanos el dominio sobre la naturaleza, a través de una utilitaria y estratégica atención a las leyes que la gobiernan y que la ciencia nos revela.

La expresión más clara de ese modo de ver que marcará la era moderna la encontramos en Descartes, en su Discurso del Método: “podríamos aprovecharnos del mismo modo en todos los usos apropiados, y de esta suerte convertirnos como en dueños y poseedores de la naturaleza. Lo cual es muy de desear”.

Los autores modernos vieron en la instrumentalización de la naturaleza algo que debe hacerse buscando el bien del hombre.

La modernidad también creía en un carácter imperecedero e inagotable de la naturaleza, que siempre estaría disponible para ofrecernos sus recursos y que recibiría nuestros residuos sin dificultades.

La crisis actual ha demostrado que era un mito muy ingenuo del que abusamos como depredadores sin límites.

La crisis ecológica nos impone una conclusión dramática: somos responsables de los desastres actuales y del futuro de la vida en el planeta.

La importancia del diálogo entre ciencia y religión

El papa Francisco, al igual que sus predecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI, nos invita a un profundo diálogo entre ciencia y religión, para abrir un espacio de reflexión más amplia sobre las relaciones con la naturaleza, recuperando una sabiduría más profunda que nos permita involucrarnos con toda la creación y escuchar los aportes que nos brindan todas las formas del saber.

“Si tenemos en cuenta la complejidad de la crisis ecológica y sus múltiples causas, deberíamos reconocer que las soluciones no pueden llegar desde un único modo de interpretar y transformar la realidad. También es necesario acudir a las diversas riquezas culturales de los pueblos, al arte y a la poesía, a la vida interior y a la espiritualidad. Si de verdad queremos construir una ecología que nos permita sanar todo lo que hemos destruido, entonces ninguna rama de las ciencias y ninguna forma de sabiduría puede ser dejada de lado, tampoco la religiosa con su propio lenguaje. Además, la Iglesia católica está abierta al diálogo con el pensamiento filosófico, y eso le permite producir diversas síntesis entre la fe y la razón”. (LS 63)

Para profundizar:

Chuvieco, E. y Martin, M. A. (2012). ¡Dominad la Tierra!: Raíces filosóficas y teólogicas del ecologismo. Madrid, Digital Reasons (www.digitalreasons.es).

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