Cine y discapacidad: La mirada tutelar y la mirada tutelada

Una reflexión sobre el último éxito de Javier Fesser, "Campeones"

Al proponernos su particular historia del mundo, G. K. Chesterton nos remitía a una lejana constelación donde una estrella diminuta espera ser descubierta, mientras desde la Tierra los científicos lanzan miradas esquivas a través de potentes telescopios y a veces le pasan cerca o simplemente pasan de largo, sin darse cuenta de su presencia.

De esa manera, nos está situando en el lugar perfecto para observarnos antes de contar nuestra historia. Ya que no la vemos, intentemos vernos desde ella. Según Chesterton, una cierta distancia clarificaría las imágenes que nos definen, como sucede en un cine gracias al espacio que separa a los espectadores de la pantalla.

Con respecto a las minusvalías y discapacidades en las películas viene a pasar un poco lo mismo. A veces da la sensación de que ante ciertos seres humanos, a quienes se considera disminuidos, nos resulta imposible desprendernos del paternalismo y observar con algo más que compasión o lástima, con la debida distancia. Todos nos parecen iguales, igualmente necesitados de nuestras atenciones y tutela, aunque muchos de ellos sean capaces de realizar proezas que no están al alcance de cualquiera.

Me refiero a proezas deportivas, artísticas, intelectuales o humanitarias. Incluso tienen vidas propias, con empleos, hipotecas, hijos díscolos y niveles de colesterol que deben mantener a raya. Aun así, con ellos solemos convertirnos en capitanes de equipo, como Javier Gutiérrez en Campeones (2018, Javier Fesser). 

Un entrenador de baloncesto con mala leche y tendencias auto destructivas se ve de la noche a la mañana, por esos azares de la vida cuando se ajusta a las reglas de la ficción, al frente de un equipo de discapacitados intelectuales. No los entiende, no cree en ellos y tampoco cree que ganar o perder sea demasiado importante. Va a ser una pérdida de tiempo y de energías.

Por supuesto, está equivocado. También ellos tienen un sistema circulatorio y desean hacerlo lo mejor posible en la cancha de juego, aunque sea a base de triquiñuelas. Así que entre entrenador y equipo ha de establecerse una negociación: él les ayudará a ser mejores jugadores y a cambio ellos le enseñarán a él a ser mejor persona. 

Puesto así el argumento de Campeones, no se puede decir que con la película vayamos a descubrir la vacuna contra la viruela, pero estaremos en una prolongación coherente de la obra de uno de los mejores arquitectos visuales del cine español, el mismo director que hizo Aquel ritmillo (1995), El secdleto de la tlompeta (1996) o El milagro de P. Tinto (1998), prodigiosas ecuaciones donde los tebeos, la herencia cinematográfica de los años sesenta en España y la poesía surrealista de Terry Gilliam, Marc Caro o Jean-Claude Lauzon se entremezclaban para recordarnos que en una imagen no siempre opera la lógica de las narraciones convencionales y a pesar de ello esa imagen es capaz de crear su propia lógica.

El universo visual de Fesser parece  minusválido si uno confunde su particular sensibilidad con sensiblería. No negaré que a veces camina sobre una cuerda floja, como en este caso, cayendo en las trampas del chiste fácil mientras intenta injertar el cruel tejido de los cartoons en el cuerpo de monstruos perfectos, demasiado extravagantes para ser reales y demasiado humanos para ser ficticios.

Su mirada pretende funcionar de manera tutelada pero en Campeones casi siempre funciona de manera tutelar. Quiere tanto a sus personajes que no los deja en paz, insertándolos en mecanismos de intenciones frías pero resultados calentitos, con moraleja incluida: todos juntos lo podemos hacer mejor que por separado.

De ir sólo en busca de ochomiles en la cordillera de la historia del cine, la conclusión más obvia sobre esta película es que no se acerca ni de lejos a la altura de La parada de los monstruos (Freaks, 1932, Tod Browning) ni tampoco de Alguien voló sobre el nido del cuco (Someone Flew Over the Cukoo’s Nest, 1975, Milos Forman), porque le falta el pacto poético entre lo que se puede mostrar aunque no se pueda explicar. En ese sentido, la mente de Fesser funciona un poco como la de los psiquiatras y psicólogos, capaces de hacer fácil lo difícil e incapaces al mismo tiempo de hacer fácil lo fácil o difícil lo difícil.

 

Quien crea que en el cine español jamás se ha conseguido hacer obras maestras sobre minusválidos, tullidos y excluidos es que es demasiado temerario o no ha visto las películas de Buñuel, Berlanga, Almodóvar o Álex de la Iglesia, ni El cochecito (1960, Marco Ferreri). Olvidarnos ahora de ellas, no obstante, sería una prueba de lo grandes que son y de lo poco que importa que sus personajes no sean jóvenes o lozanos.

No son obras maestras por tratar sobre minusvalías o discapacidades, son obras maestras porque viajan en el tiempo y en el espacio, adecuándose a cualquier contexto y entregando mensajes diferentes sin perder un ápice de su frescura. Son grandes porque te hacen sentir pequeño a su lado, matan al doctor Frankenstein que todos llevamos dentro y que la mayoría de las veces cree que todo lo puede observar, criticar, mejorar o equilibrar, apelando a superpoderes de los que carecemos y ni falta que nos hacen.

Si alguien quiere ver una película seria sobre minusvalías y discapacidades, no tiene que ir demasiado lejos ni remontarse mucho en el tiempo. Se titula Vivir y otras ficciones (2017, Jo Sol). No es agradable de ver pese a no mostrar nada que no hayamos visto antes mil veces.

La diferencia es que aquí lo vemos en la piel de minusválidos a quienes no podemos tutelar y lo que imponen en las imágenes es un cuestionamiento sobre los estatutos de la ficción y el documental, sobre las formas de representación de ciertos seres humanos, y sobre sus derechos a la hora de satisfacer deseos. El discurso, por así decirlo, es de ellos y la forma la ponemos nosotros. Bueno, la forma la pone Jo Sol, que es un cineasta al que no le importa transitar por las zonas donde la anomalía social acaba convertida en un producto más del capitalismo.

Dos seres humanos se convierten en seres de ficción, un poco como si fueran productos aspirando a ser otra cosa. Por así decirlo, nos proponen una rebelión de los electrodomésticos, recordándonos que todo lo que necesitamos nosotros lo necesitan ellos. Son padre e hijo. Uno fue tiempo atrás El taxista ful (2005), el hombre que de noche “tomaba prestados coches” para ganarse la vida con ellos mientras sus dueños dormían, y el otro un “intelectual híper cualificado” que se mueve en una silla de ruedas intentando que nadie limite las necesidades de su cuerpo más allá de lo necesario.

No son perdedores porque no es lo mismo perder que estar perdido. Ellos nos están perdidos, sólo son conscientes de que podrían perder si no reaccionan. Y la película los muestra haciendo lo posible para tener lo que tenemos los demás: derechos y leyes que los amparen. Atacan nuestra caridad porque les parece insuficiente, no porque la desprecien. Y lo que dicen tiene sentido aunque a veces nos cueste entenderlo o aceptarlo en términos visuales.

Chesterton decía que hay dos formas de llegar a casa: la primera consiste en no moverse del sitio y la segunda en dar la vuelta al mundo hasta regresar al punto de partida. La primera da por hecho que lo que sabemos o tenemos cerca es suficiente para entender el significado de cuanto nos rodea, la segunda nos somete a ciertas exigencias porque implica que sólo entenderemos lo que significamos cuando entendamos lo que hay a nuestro alrededor.

Bien, Campeones da la vuelta al mundo sin moverse del sitio y Vivir y otras ficciones da la vuelta al mundo moviéndose y recordándonos el diminuto espacio que ocupamos dentro de él.         

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