Oficio de lecturas - Martes de la semana X - Tiempo Ordinario



OFICIO DE LECTURA - MARTES DE LA SEMANA X - TIEMPO ORDINARIO
De la Feria. 

PRIMERA LECTURA

Año I:

Del libro de Josué     2, 1-24

POR LA FE, RAJAB LA MERETRIZ, ACOGIÓ PACÍFICAMENTE A LOS EXPLORADORES

    En aquellos días, Josué, hijo de Nun, envió secretamente desde Sittim dos espías con esta orden: «Id y explorad la tierra de Jericó.»
    Fueron y entraron en casa de una ramera, llamada Rajab, y se alojaron allí. Se le dijo al rey de Jericó:
    «Mira que unos hombres israelitas han entrado aquí por la noche, para explorar el país.»
    Entonces el rey de Jericó mandó decir a Rajab:
    «Haz salir a los hombres que han entrado en tu casa, porque han venido para explorar todo el país.»
    Pero la mujer tomó a los dos hombres y los escondió. Luego respondió:
    «Es verdad que algunos hombres han venido a mi casa, pero yo no sabía de dónde eran. Cuando se iba a cerrar la puerta por la noche, salieron y no sé adónde han ido. Perseguidlos aprisa, que los alcanzaréis.»
    Pero ella los había hecho subir al terrado y los había escondido entre unos haces de lino que tenía amontonados en el terrado. Salieron algunos hombres en su persecución, camino del Jordán, hacia los vados, y se cerró la puerta en cuanto los perseguidores salieron tras ellos.
    Rajab subió al terrado donde ellos estaban, antes que se hubiesen acostado, y les dijo:
    «Ya sé que el Señor os ha dado esta tierra, que nos ha invadido vuestro terror y que todos los habitantes de esta región han temblado ante vosotros: porque nos hemos enterado. de cómo el Señor secó las aguas del mar de las Cañas delante de vosotros a vuestra salida de Egipto, y lo que habéis hecho con los dos reyes amorreos del otro lado del Jordán, Sijón y Og, a quienes entregasteis al anatema. Al oírlo, ha desfallecido nuestro corazón y no se encuentra nadie con aliento para haceros frente, porque el Señor, vuestro Dios, es Dios tanto arriba en los cielos como abajo en la tierra. Juradme, pues, ahora: por el Señor, ya que os he tratado con bondad, que vosotros también trataréis con bondad a la casa de mi padre, y dadme una señal segura de que respetaréis la vida de mi padre y de mi madre, de mis hermanos y hermanas y de todos los suyos, y de que libraréis nuestras vidas de la muerte.»
    Los hombres le respondieron:
    «Muramos nosotros en vez de vosotros, con tal de que no divulguéis nuestra presencia. Cuando el Señor nos haya entregado la tierra, te trataremos a ti con bondad y lealtad.»
    Ella los descolgó con una cuerda por la ventana, pues su casa estaba en la pared de la muralla y vivía en la misma muralla. Les dijo:
    «Id hacia la montaña, para que no os alcancen los que os persiguen. Estad escondidos allí tres días, hasta que vuelvan los perseguidores: después podéis seguir vuestro camino.»
    Los hombres respondieron:
    «Nosotros cumpliremos ese juramento que nos has exigido. Cuando entremos en el país, tendrás esta señal: atarás este cordón de hilo escarlata a la ventana por la que nos has descolgado y reunirás junto a ti en casa a tu padre, a tu madre, a tus hermanos y a toda la familia de tu padre. Si alguno sale fuera de las puertas de tu casa, caiga su sangre sobre su cabeza. Nosotros seremos inocentes. Pero la sangre de todos los que estén contigo en casa caiga sobre nuestras cabezas, si alguien pone su mano sobre ellos. Mas, si divulgas nuestra presencia, quedaremos libres del juramento que nos has exigido.»
    Ella respondió:
    «Sea según vuestras palabras.»
    Y los dejó marchar. Cuando se fueron, ella ató el cordón escarlata a la ventana.
    Marcharon ellos y se metieron en el monte. Se quedaron allí tres días, hasta que regresaron los perseguidores. Éstos los habían buscado por todo el camino, pero no los encontraron. Entonces los dos hombres volvieron a bajar del monte, pasaron el río y fueron donde estaba Josué, hijo de Nun, a quien contaron todo lo que les había ocurrido. Dijeron a Josué:
    «Cierto que el Señor ha puesto en nuestras manos toda la tierra; todos los habitantes del país tiemblan ya ante nosotros.»

Responsorio     St 2, 24-26; Hb 11, 31

R. El hombre es justificado por las obras, no sólo por la fe. ¿Acaso no fue Rajab justificada por las obras, al acoger a los mensajeros y hacerlos salir por otro camino? * Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe está muerta sin las obras.
V. Por la fe, no pereció con los incrédulos Rajab la meretriz, por haber acogido amistosamente a los exploradores del pueblo de Dios.
R. Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe está muerta sin las obras.


Año II:

De la carta a los Filipenses     1, 27-2, 11

EXHORTACIÓN A LA IMITACIÓN DE CRISTO

    Hermanos: Me basta con saber que lleváis una vida conforme al Evangelio de Cristo. De ese modo, ya sea que yo vaya y os vea, o bien que, estando ausente, reciba noticias de vosotros, estaré seguro de que os mantenéis firmes en un solo espíritu, luchando todos a una por la fe del Evangelio, sin dejaros amedrentar en nada por los enemigos. Esta firmeza vuestra es para ellos una prueba de perdición, y para vosotros una señal de salvación. Y esto es un don de Dios, porque Dios os ha dado la gracia de creer en Jesucristo y aun de padecer por él; porque combatís la misma pelea que me visteis combatir a mí y que sabéis sigo combatiendo.
    Por tanto, si queréis darme el consuelo de Cristo, y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: Manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por envidia ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre, superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.
    Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo, alarde de su categoría de Dios, al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Responsorio     lPe 2, 24; Hb 2, 14; cf. 12, 2

R. Cristo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, para que, muertos al pecado, vivamos para la justificación; * así por su muerte reducía a la impotencia al que retenía el imperio de la muerte, es decir, al demonio.
V. El que impulsa nuestra fe sufrió con toda constancia la cruz, para ganar el gozo que se le ofrecía.
R. Así por su muerte reducía a la impotencia al que retenía el imperio de la muerte, es decir, al demonio.


SEGUNDA LECTURA

De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Romanos
(Cap. 6, 1-9, 3: Funk 1, 219-223)

MI AMOR ESTA CRUCIFICADO

    De nada me servirán los placeres terrenales ni los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. El que tenga a Dios en sí entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mí, sabiendo cuál es el deseo que me apremia. El príncipe de este mundo me quiere arrebatar y pretende arruinar mi deseo que tiende hacia Dios. Que nadie de vosotros, los aquí presentes, lo ayude; poneos más bien de mi parte, esto es, de parte de Dios. No queráis a un mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos mundanos en el corazón. Que no habite la envidia entre vosotros. Ni me hagáis caso si, cuando esté aquí, os suplicare en sentido contrario; haced más bien caso de lo que ahora os escribo. Porque os escribo en vida, pero deseando morir. Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre.» No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible.
    No quiero ya vivir más la vida terrena. Y este deseo será realidad si vosotros lo queréis. Os pido que lo queráis, y así vosotros hallaréis también benevolencia. En dos palabras resumo mi súplica: hacedme caso. Jesucristo os hará ver que digo la verdad, él, que es la boca que no engaña, por la que el Padre ha hablado verdaderamente. Rogad por mí, para que llegue a la meta. Os he escrito no con criterios humanos, sino conforme a la mente de Dios. Si sufro el martirio, es señal de que me queréis bien; de lo contrario, es que me habéis aborrecido.
    Acordaos en vuestras oraciones de la Iglesia de Siria, que, privada ahora de mí, no tiene otro pastor que el mismo Dios. Sólo Jesucristo y vuestro amor harán para con ella el oficio de obispo. Yo me avergüenzo de pertenecer al número de los obispos; no soy digno de ello, ya que soy el último de todos y un abortivo. Sin embargo, llegaré a ser algo, si llego a la posesión de Dios, por su misericordia.
    Os saluda mi espíritu y la caridad de las Iglesias que me han acogido en el nombre de Jesucristo, y no como a un transeúnte. En efecto, incluso las Iglesias que no entraban en mi itinerario corporal acudían a mí en cada una de las ciudades por las que pasaba.

Responsorio     Col 1, 24. 29

R. Ahora me alegro de los padecimientos que he sufrido por vosotros, * y voy completando en favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, las tribulaciones que aún me quedan por sufrir con Cristo en mi carne mortal.
V. Con este fin me esfuerzo y lucho, contando con la eficacia de Cristo, que actúa poderosamente en mí.
R. Y voy completando en favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, las tribulaciones que aún me quedan por sufrir con Cristo en mi carne mortal.


Oración

Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

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