Oficio de Lectura - Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo - san Agustín, Obispo de Hipona (+430 dC)





OFICIO DE LECTURA - DOMINGO DE LA SEMANA VII - TIEMPO PASCUAL
De la solemnidad.


LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR. (SOLEMNIDAD) 


SEGUNDA LECTURA






De los Sermones de san Agustín, obispo


(Sermón Mai 98, Sobre la ascensión del Señor, 1-2: PLS 2, 494-495 )


NADIE HA SUBIDO AL CIELO SINO AQUEL QUE HA BAJADO DEL CIELO


Hoy nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo; suba también con él nuestro corazón.


Oigamos lo que nos dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Poned vuestro corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra. Pues, del mismo modo que él subió sin alejarse por ello de nosotros, así también nosotros estamos ya con él allí, aunque todavía no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que se nos promete.


Él ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros. Así lo atestiguó con aquella voz bajada del cielo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y también: Tuve hambre y me disteis de comer.


¿Por qué no trabajamos nosotros también aquí en la tierra, de manera que, por la fe, la esperanza y la caridad que nos unen a él, descansemos ya con él en los cielos? Él está allí, pero continúa estando con nosotros; asimismo nosotros, estando aquí, estamos también con él. Él está con nosotros por su divinidad, por su poder, por su amor; nosotros, aunque no podemos realizar esto como él, por la divinidad, lo podemos sin embargo por el amor hacia él.


Él, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo; tampoco nos ha dejado a nosotros, al volver al cielo. Él mismo asegura que no dejó el cielo mientras estaba con nosotros, pues que afirma: Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo.


Esto lo dice en razón de la unidad que existe entre él, nuestra cabeza, y nosotros, su cuerpo. Y nadie, excepto él, podría decirlo, ya que nosotros estamos Identificados con él, en virtud de que él, por nuestra causa, se hizo Hijo del hombre, y nosotros, por él, hemos sido hechos hijos de Dios.


En este sentido dice el Apóstol: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. No dice: «Así es Cristo», sino: Así es también Cristo. Por tanto, Cristo es un solo cuerpo formado por muchos miembros.


Bajó, pues, del cielo, por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia. Así, pues, Cristo descendió él solo, pero ya no ascendió él solo; no es que queramos confundir la dignidad de la cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza.


RESPONSORIO    Hch 1, 3. 9. 4


R. Cristo se les apareció después de su pasión a lo largo de cuarenta días, y les fue instruyendo acerca del reino de Dios; * y se elevó en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a su vista. Aleluya.
V. Estando una vez comiendo con ellos a la mesa, les mandó que no saliesen de Jerusalén, sino que esperasen ahí la promesa del Padre.
R. Y se elevó en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a su vista. Aleluya.


Himno: SEÑOR, DIOS ETERNO


Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,
a ti nuestra alabanza,
a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.


Postrados ante ti, los ángeles te adoran
y cantan sin cesar:


Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.


A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
la multitud de los profetas te enaltece,
y el ejército glorioso de los mártires te aclama.


A ti la Iglesia santa,
por todos los confines extendida,
con júbilo te adora y canta tu grandeza:


Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
santo Espíritu de amor y de consuelo.


Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,
tú el Hijo y Palabra del Padre,
tú el Rey de toda la creación.


Tú, para salvar al hombre,
tomaste la condición de esclavo
en el seno de una virgen.


Tú destruiste la muerte
y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.


Tú vives ahora,
inmortal y glorioso, en el reino del Padre.


Tú vendrás algún día,
como juez universal.


Muéstrate, pues, amigo y defensor
de los hombres que salvaste.


Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
con tus santos y elegidos.


La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.


Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.


Sé su pastor,
y guíalos por siempre.


Día tras día te bendeciremos
y alabaremos tu nombre por siempre jamás.


Dígnate, Señor,
guardarnos de pecado en este día.


Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.


Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.


A ti, Señor, me acojo,
no quede yo nunca defraudado. 


ORACIÓN.


OREMOS,
Concédenos, Señor, rebosar de alegría al celebrar la gloriosa ascensión de tu Hijo, y elevar a ti una cumplida acción de gracias, pues el triunfo de Cristo es ya nuestra victoria y, ya que él es la cabeza de la Iglesia, haz que nosotros, que somos su cuerpo, nos sintamos atraídos por una irresistible esperanza hacia donde él nos precedió. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén


CONCLUSIÓN


V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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