Tres clásicos, o ¿cómo no olvidar Casablanca?

El tiempo pasará y seguirá siendo la mejor película del mundo. Ese cine puro, hechizante, de blanco y negro que ilumina, que no se acaba nunca como el amor de Richard Blaine e Ilsa Lund, de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, el rostro imperturbable de Rick, la mirada que habla de Ilsa, que no necesita palabras, como esa sala semioscura llena de Rothkos que hay en la National Gallery.

De Casablanca uno no escapa nunca, como si estuviéramos también allí, en aquella ciudad bulliciosa, una ciudad en la que todo el mundo espera, espera, espera, mientras la vida sigue, pasa como una tormenta, y deja planos a lo Michael Curtiz, diálogos brillantes, una estética como de inventar una voz nueva, un cine nuevo, de ese que nunca se había visto antes.

Casablanca es el cine y luego estará siempre todo lo demás, como está el Quijote y todo lo demás, como está Velázquez y todo lo demás. Casablanca es el antídoto para nuestra perdición, es esa película que hay que estar viendo siempre para que no te destroce la mirada las cosas nuevas, la feria vacía digital de la abstracción de hoy.

Veo Casablanca otra vez mientras llueve como en París, como en aquella estación de París donde Rick también espera, pero Ilsa no llega, solo una nota con tinta de amor que se borra con el agua, que se diluye, que sabe a despedida, una nota que te rompe, que te raja, que te agujerea la boca del estómago como en una escena de Tarantino o te deja helado como una carretera de Fargo. Volveremos siempre a Casablanca, de la que se acaban de cumplir 75 años de su estreno, 75 años desde aquel otoño de 1942 cuando el mundo andaba derrumbándose y Europa era sangre, odio y ceniza.

Luego, tras Casablanca, tras esta estética en acción que diría Garci, vinieron otros clásicos, en los que aparecían Humphrey Bogart o Ingrid Bergman, ya por separado, un cine también grande, rozando la cima, un cine para quedarse a vivir una temporada:

1. Strómboli (Roberto Rossellini, 1950). Ingrid Bergman ya no está en Casablanca. Ahora está en esa isla pequeña, cerrada, volcánica, llamada Strómboli, esa isla de la que también quiere escapar, no de los alemanes, no de la guerra, sino de la soledad, del entorno, de la asfixia del otro.

2.  En un lugar solitario (Nicholas Ray, 1950). Otro de los grandes hitos cinematográficos de mediados del siglo XX, una de las grandes películas del tuerto Ray, del falso tuerto Ray, con su parche de quita y pon, y su talento para conseguir que de nuevo Humphrey deslumbre en la pantalla.









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