‘Mudbound’: Cuando el entendimiento es posible

En cadenas como HBO, Netflix o Movistar estamos asistiendo a la apuesta por el riesgo con proyectos que, en cines, no obtendrían la taquilla suficiente para saldar las deudas de la producción, y que a veces constituyen una garantía de calidad. Mudbound, distribuida por Netflix, es un filme sobre cómo era la vida en las poblaciones sureñas de Estados Unidos mientras los soldados norteamericanos combatían en la Segunda Guerra Mundial.

Inspirado en la novela de Hillary Jordan (Editorial Berenice, 2017), cuenta la historia de dos familias que viven en un entorno rural, trabajando y cultivando la tierra:

Los Jackson, que antaño fueron esclavos y hoy son libres, aunque no están a salvo porque en el pueblo no faltan las actitudes racistas ni la clandestina sombra del Ku Klux Klan: el padre, Hap (Rob Morgan), ejerce como predicador de la iglesia para los negros, además de aparcero, y es un hombre razonable y religioso que siempre trata de hacer lo correcto y evitar los problemas; la madre, Florence (Mary J. Blige, nominada al Globo de Oro), ama de casa y sufridora, quien acaba ayudando como parturienta a sus vecinos; y varios hijos.

Y los McAllan, que encabeza el matrimonio formado por Laura (Carey Mulligan) y Henry (Jason Clarke); con la pareja también acaban conviviendo, además de sus vástagos, el hermano de Henry, Jamie (Garrett Hedlund), y el padre de ambos, Pappy (Jonathan Banks), un viejo y amargado racista. Cuando América interviene en la Segunda Guerra Mundial, Jamie McAllan y Ronsel Jackson (uno de los hijos de Hap, a quien interpreta Jason Mitchell) tendrá que ir a Europa a combatir. A su regreso, ambos entablan amistad, lo que desencadena la tragedia entre los racistas.

La directora afroamericana Dee Rees rodó su primera película en 2011: Pariah, un premiado filme independiente. Aunque ya antes había debutado con el documental Eventual Salvation (2008), tras aquel largo terminó inmersa en la televisión, dirigiendo episodios de series y algún que otro telefilme.

Con su segunda película, Mudbound, ha logrado salir de esos suburbios en los que suele quedar estancado el cine indie: el filme podría optar a los Oscar, es una muestra de su dominio de la narrativa y de la puesta en escena y se erige en un alegato sobre la posibilidad del entendimiento entre razas, algo que la emparenta con Steven Spielberg, siempre a favor de la paz y de la comprensión.

Mudbound incluye varias voces en off de los personajes, lo que la convierte en una polifonía de narradores y la aproxima en cierta manera al universo asfixiante de William Faulkner (salvando las distancias). Dee Rees enfoca a los paisajes y a sus hombres y mujeres con una elegancia que a veces recuerda a la de Steve McQueen en Doce años de esclavitud, aunque su película no es tan dura.

Los personajes de Rees están atrapados por sus raíces, por sus ancestros y por su pasado (literalmente atrapados en el barro, que ya desde el título ejerce como metáfora de esa prisión en el entorno rural y cruel del Mississippi), lo que indica también la propuesta entre líneas de la cineasta: América es un país aún estancado en ese fango de la enemistad, el odio, el racismo y los prejuicios.

Un país que no puede olvidar los tiempos en los que un hombre de color sólo podía salir de una tienda de ultramarinos por la puerta trasera, como los perros. Pero Dee Rees cree en la amistad, en que siempre habrá “algunos hombres buenos”. Es una película notable, aunque no tan sobresaliente como hubiera sido en manos de, por ejemplo, Steve McQueen.

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