Los nombres del Zodiaco: ¿indicio de unión inicial de los hombres y de su posterior dispersión?

El sacerdote Théophile Moreux como astrónomo tenía una gran pasión por el cielo y la historia de la astronomía. Ese interés lo puso frente a una realidad sorprendente.

Es cierto que los documentos más remotos sobre el Zodiaco son caldeos. El Zodiaco es el conjunto de constelaciones cortadas por el camino aparente recorrido por el Sol durante el año.

Está compuesto de 13 constelaciones – y la 13ª fue añadida en 1930 por la Unión Astronómica Internacional. Estas evocan, con alguna dosis de imaginación, ciertas figuras de donde sacan su nombre. Estos nombres aparecieron 3.000 años antes de Cristo.

Pero el estudio de las constelaciones muestra que hay una posición terrestre para verlas de modo que coincidan con el nombre. Ese estudio conduce a un lugar de observación bastante aproximado. No es ni la India, ni Egipto, sino Asia Menor, con más probabilidad Armenia. Los armenios habrían dado esos nombres a las formaciones estelares con mayor o menor fantasía.

Ahora bien, los mismos nombres aparecen en civilizaciones existentes en lugares donde las estrellas no forman las figuras que los nombres indican.

Los nombres son básicamente los mismos, pero los arreglos estelares vistos desde diferentes latitudes y continentes positivamente no son los mismos. Ejemplo típico son los indios de América: cuando los primeros europeos llegaron al continente se dieron cuenta, con asombro, que ellos dividían el cielo con más o menos los mismos nombres que los caldeos.

Sin embargo, al mirar las estrellas desde América, los nombres poco tienen que ver con lo que se observa. De este hecho se sacan varias conclusiones enumeradas por el sacerdote Moreux.

La primera es que las tradiciones astronómicas de civilizaciones muy diferentes deben remontar a un tiempo en que los todos los hombres estaban reunidos y compartían los mismos conceptos y observaciones.

En segundo lugar, que en ese mundo anterior unido hubo una ruptura brusca. Como resultado, los hombres perdieron contacto los unos con los otros.

En tercer lugar, los pueblos dispersos conservaron nombres y tradiciones científicas. Pero después de la separación cayeron. Aceptaron incongruencias.

Finalmente, olvidaron el valor astronómico del Zodiaco -que, mientras tanto, sigue siendo muy válido- y bajo su nombre se instaló la superstición astrológica.

Esas conclusiones señalan un hecho consignado, bajo diferentes formas, en las culturas más lejanas: la catástrofe representada por el diluvio de la que habla la Biblia.

La representación del problema nos acerca a la cuestión del Diluvio.

En la dispersión, las tradiciones científicas pasaron a los asirios y caldeos. Sólo ésos las conservaron por escrito. De los caldeos pasaron a los medos, persas, hindúes, egipcios y griegos. Por medio de ellos llegaron hasta nosotros.

La difusión fue lo suficientemente grande como para llegar hasta América siglos antes del desembarco de los evangelizadores.

Todas las religiones de la Antigüedad estaban seguras de ser más perfectas cuanto más se relacionaban al pasado.

Ahora bien, al final los caldeos y egipcios terminaron adorando toda especie de animales.

Sin embargo, cuanto más antiguos son sus documentos, menos se muestran politeístas.

Por ejemplo, las pirámides egipcias de las dinastías III y IV hablan de un dios único.

La moral del Libro de los Muertos, obra de la alta antigüedad egipcia, es muy elevada. Su teodicea es mucho más pura que las siguientes.

Las invocaciones que el alma debe hacer al Juez celestial son un ejemplo:

“Alabado seas, Dios grande, Señor de la Verdad y la Justicia. Yo vengo a Ti, mi Maestro, y me presento frente a Ti para contemplar tus perfecciones”.

El libro más antiguo conocido en el mundo – el Papyrus Prisse – habla de un personaje en quien no es muy difícil reconocer el Adán de las Escrituras, aunque un tanto deformado y presentado como padre de todos los dioses y de todos los hombres.

La historia del pecado original aparece deformada por los paganos en la India y en Grecia.

La “mujer con la serpiente” (la tentación de Eva) aparece en los monumentos mexicanos más antiguos.

Los egipcios hablaban del Dragón celeste (Satanás), del árbol de la vida (del Paraíso). Los asirios y babilonios fueron los que más pintaron el árbol sagrado.

Tradiciones análogas se encuentran entre los persas, iraníes, sabios, etc.

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