El gran showman: El espectáculo debe continuar

Phineas Taylor Barnum (1810-1891), Hugh Jackman en El gran showman, fue, entre muchas cosas, un empresario teatral norteamericano muy célebre en su época debido a sus espectáculos y, además, por sus engaños en un sentido circense.

La película dirigida por el debutante Michael Gracey no pretende ser un biopic de Barnum, sino que toma algunos elementos básicos de su vida para crear a partir de él un personaje: una vez más, es posible que haya, y lo está habiendo, cuestionamientos sobre la adecuación del personaje a la figura real de Barnum, muy controvertida por sus extravagancias, entre otras cosas.

Lo relevante es que el Barnum de El gran showman sirve para componer a un hombre que, hijo de sastre y criado entre carencias económicas y sociales, después, huérfano, logra a lo largo de su vida, gracias al trabajo, una cierta estabilidad junto a su mujer, Charity (Michelle Williams) y sus dos hijas, así como hacer realidad sus sueños no sin pasar, durante el proceso, a través de diversas complicaciones.

Primero comprando un museo de cera que no tiene éxito; después, reconvirtiéndolo en un otro viviente con personas singulares que, poco a poco, derivará a un circo de la extrañeza y que le reportará gran éxito. Tanto que se asociará con Phillip (Zac Efron), empresario teatral, y logrará el prestigio gracias a la gira que realiza con Jenny Ling (Rebecca Ferguson), una cantante europea que conquistará con su voz a los norteamericanos.

Es El gran showman en su esencia una película sobre cómo se logran los sueños a través del trabajo y de la creencia en ellos. Pero no solo eso. También es una producción sobre el poder de la ficción para incidir en la realidad, sobre cómo ser honesto con lo que uno es, como demuestra el proceso de Barnum, quien se deja llevar por el éxito olvidando sus orígenes y aquello que realmente quiere; o Phillip, quien se aleja de sus privilegios para ser libre y disfrutar de la vida.

Sin olvidar todo el grupo de personas singulares, desde enanos y mujeres barbudas a otros integrantes del circo marginados socialmente y que, sea cual sea su aspecto, son seres humanos con derecho a tener su lugar en la sociedad. A este respecto, El gran showman es una película esencialmente humanista cuyo mensaje y discurso, quizá, se vea demasiado inocente en una época de cinismo e ideologías hipócritas.

Un espectáculo musical de canciones y coreografías ‘dance-pop’ de gran perfección en su construcción que, más allá de decorar la narración, cada momento musical se convierte en un elemento narrativo y crea un relato de gran concreción, sin rellenos, donde cada pasaje está justificado.

Visualmente deslumbrante, El gran showman tiene algo kitsch en sus imágenes, y es precisamente ahí donde consigue trascender creando un espectáculo enorme, con momentos de gran emotividad y belleza visual. Habla, a través de su historia, del cine y de la ficción gracias a un sentido de la maravilla cinematográfica que recupera una idea del musical muy clásica con elementos melodramáticos.

Al igual que Barnum, la película es honesta y es lo que es, asumiendo su naturaleza de espectáculo visual para transmitir al espectador no solo todas las ideas anteriores, también que aquello que vemos en pantalla, la historia y sus imágenes, representa a su vez una idea del cine, en este caso, de una fantasía musical desbordante.

El gran showman es, en muchos sentidos, casi una obra maestra que ataca involuntariamente, como decíamos, el cinismo instaurado en nuestra sociedad con una historia que invita a soñar.









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