América Latina y sus seis elecciones en 2018

Seis países latinoamericanos deben organizar elecciones presidenciales para el ano que comienza. Algún titular arrancaba el día sugiriendo que esos procesos “definirán” el rumbo ideológico del continente pero, en rigor, es preciso preguntarse si hay algo ideológico detrás de lo que ocurre en esta parte de América o se trata de otra realidad.

Mi padre me dio una vez un consejo muy útil a la hora de entender los procesos políticos: “La derecha y la izquierda dependen de dónde esté el centro”. Y exactamente así es, especialmente en países donde el populismo es una vanguardia indefinida que oscila cual péndulo dependiendo de la oferta desde el poder.

Izquierda y derecha son posturas más que posiciones, poses más que compromisos, antes desviaciones de las ideologías que propiamente producto de ellas. Y es que la fidelidad sale por la ventana cuando el relativismo entra por la puerta. El oportunismo mata la adhesión.

Desde hace mucho rato no hay ideologías por estos lados. Las ideologías han perdido vigencia, no resuelven, no convencen, lucen desvencijadas y están alejadas de la comprensión de las grandes mayorías. Funcionaron entre las antiguas élites ilustradas que procuraban cambios e impulsaban revoluciones. Hoy, a nadie dicen nada.

No es que han sido superadas, es que carecen por completo de vigencia. Ante la falta de acceso a la educación de vastos contingentes de la sociedad y la proliferación de problemas que afectan gravemente la vida cotidiana, los debates ideológicos suenan a disertaciones sobre el origen del sánscrito.

Aquí hay otra cosa: hay gobiernos más o menos eficaces, algunos logran un montón de metas; otros casi nada pero se mueven dentro del marco del respeto al Estado de Derecho. Hay otra manera de gobernar que se salta a la torera cuanta legalidad puede para desembocar en autoritarismos cuyo objetivo neto es la permanencia en el poder. Estos se embarcan el carro democrático para tomar la ruta del ejercicio por la fuerza. Se sirven de la democracia y las libertades para acabar con todo eso, que resulta francamente molesto para ejercer el gobierno. Es el asalto al poder.

Eso sí, todos llegan por la vía electoral. Ya pasó de moda eso de echar abajo las puertas al mando de una tanqueta y declararse dictador. Ahora los métodos son más sofisticados: emprendo el camino de la conquista de votos con un discurso que medra entre lo ideológico y lo principista, ofrezco revancha más que reivindicaciones y me cuelo hacia el poder para, apenas llegar, comenzar un proceso reformista -disfrazado de restauración y refundación- que arranca cambiando la Constitución y termina confiscando los poderes para sujetarlos al Ejecutivo. Todo sutilmente –y a medida que avanza el proceso no tan sutilmente- para amarrar el mando y no soltarlo más. Esto último tiene lugar en Venezuela, pero por ello han pasado también otros países.

Es difícil determinar una denominación ideológica cuando hay tanto pragmatismo y objetivos alejados de valores y de todo lo que una vez fueron pretendidos principios. Ocurrió con las FARC en Colombia, movimientos de guerrilla que comenzaron inspirados en premisas ideológicas y luego derivaron hacia grupos delincuenciales los cuales, a base del terrorismo, se repartían los territorios donde imperaba el negocio de la droga. El narcotráfico y toda clase de delitos de corrupción arrasó con la ideología.

Los gobiernos negocian, hacen cada vez más ricos y poderosos a los entronizados en el poder y, puesto que se convierten en delincuentes de Estado, la opción que les queda en aferrase al poder para no caer en manos de la justicia doméstica o internacional. Compran conciencias y, cuando no pueden, reprimen.

¿Cómo precisar si un gobierno es de izquierda o de derecha cuando quienes se revisten de una actúan como si fueran de la otra? ¿De “izquierda” y creas una nueva oligarquía? ¿De “derecha” y reprimes al pueblo cuando se plantean las demandas? ¿Cómo puedes presentar una afiliación ideológica si gobiernas de manera gansteril y te instalas en el poder para permitir una corte de esbirros y negociantes que se mineralizan para protegerte? Eso no llega al rango de ideología, ni siquiera demodé. Eso es malandraje (1).

Lo que en verdad está por definirse en Latinoamérica, bien por elecciones o por presión popular, es el color moral de los gobiernos, si seguirán siendo sordos al clamor del pueblo por soluciones o se dedicarán a promoverlas; si seguirán insensibles al dolor de la gente o buscarán escuchar y tomar decisiones; si el bandidaje se hará con el poder o lo tomará quien se proponga servir; si seguirán pensando que el gobierno es un gran negocio u optarán por buscar y realizar el bien común.

Hasta hora, el malandraje y su opacidad es lo único que no se ha diluido sino que cobra fuerza en las estructuras de gobierno, se expande, ramifica y fortalece en el uso torcido de las funciones públicas. Colombia, Brasil, México y por supuesto Venezuela, ofrecen ejemplos nítidos de esta práctica que parece haber contaminado el ejercicio de la autoridad hasta mimetizarse con ella. Hay una red de malandros enquistados en el poder. Ese es el gran tema.

(1) Pandilla de delincuentes que comete un conjunto de delitos. El malandraje es un fenómeno que no conoce de status social. Hay malandros en la clase alta, malandros en la clase media, y malandros en la clase baja. Es un término de origen portugués que señala la forma de actuar de los malandros o malandras, o sea de los “chicos malos y pícaros”.









No hay comentarios.

Con tecnología de Blogger.