Refugiados en la Tradición y en el Magisterio

Durante los primeros siglos, la tradición patrística inicia una reflexión teológica sobre la acogida y la hospitalidad cristiana, entre otros.

Con el cuaderno Hijos e hijas de un peregrino. Hacia una teología de las migraciones, editado por Cristianisme y Justícia (se puede leer todo el documento aquí)

Alberto Ares ahonda en las raíces bíblicas, de la tradición y del Magisterio para iluminar la realidad de los refugiados desde una perspectiva creyente. En este artículo presentamos qué dice la Tradición y el Magisterio. Aleteia ya ha publicado un artículo sobre Refugiados y Biblia.

Alberto Ares es un jesuita español especializado en migraciones. Ha acompañado comunidades migrantes en varias partes del mundo. En la actualidad es el Delegado del Sector Social de los jesuitas en España e investigador asociado al Instituto de Estudios sobre Migraciones de la Universidad Pontificia de Comillas de Madrid.

Ares cita distintos padres apostólicos y, después, los padres apologistas reflexionan sobre las migraciones desde distintas perspectivas: El discurso A Diogneto, Clemente de Roma, Didaché, Orígenes, Lactancio, Basilio, Arístides, Juan Crisóstomo, Gregorio de Nisa y Ambrosio de Milán. «Habitan sus propias patrias, pero como inmigrantes (peregrinos); toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña» (A Diogneto 5, 1.5).

Asimismo, el Magisterio de la Iglesia sitúa la atención sobre la realidad de las migraciones, pero es a partir del siglo XIX cuando se empieza a tratar de una forma especial. De León XIII al papa Francisco, hijo de familia migrante, “el Magisterio eclesial ha ido acompañando de dolor y sufrimiento la realidad, pero también ha presentado la riqueza y la esperanza que aportan las personas migrantes”. Es significativa la centralidad que las migraciones ocupan en el magisterio del papa Francisco.

Encontramos historias de movilidad humana desde los inicios: desde la llamada recibida por Abraham al Éxodo en Egipto, desde el pueblo de Israel vagando por el desierto en la experiencia de exilio, desde el viaje de la Sagrada Familia a Egipto a la actividad misionera de la Iglesia…

Las migraciones constituyen un verdadero “signo de los tiempos” con un carácter estructural en nuestro mundo global, tal y como refleja la encíclica Gaudium et Spes, que requiere una mirada profunda a la luz de la fe.

La Biblia presenta la realidad migratoria como un elemento común en la historia de la salvación. En los textos bíblicos se presenta al Pueblo de Dios como un pueblo peregrino, en movimiento.

Puede encontrarse una incipiente reflexión sobre la movilidad humana en la tradición patrística (siglos I al VIII).

Por ejemplo, con respecto a la hospitalidad cristiana, algunos padres apostólicos y, más tarde, los padres apologistas comenzaron una reflexión teológica: el Discurso a Diogneto, Clemente de Roma, Didajé, Orígenes, Lactancio, Basilio, Arístides, Juan Crisóstomo, Gregorio de Nisa y Ambrosio de Milán.

«Habitan sus propias patrias, pero como inmigrantes (peregrinos); toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña» (A Diogneto 5, 1.5).

En Orígenes, en el comentario a la Epístola a los Romanos, se nos pide estar solícitos y activos en la hospitalidad: «Al decir que debemos ser so- lícitos en la hospitalidad (Rm 12,13) no sólo da a entender que recibamos al huésped que venga a nosotros, sino también que lo busquemos, que seamos solícitos, que escudriñemos e inquiramos con diligencia por todas partes, no sea que acaso se halle en alguna plaza y tenga que dormir sin techo».

En el siglo IV, Juan Crisóstomo pone de relieve la hospitalidad sobre otras necesidades materiales: «Pues piensa eso sobre Cristo. Él anda errante y peregrino, necesitado de techo; y tú te entretienes en adornar el pavimento, las paredes y los capiteles de las columnas, y en colgar lámparas con cadenas de oro… Todos estos tesoros se los pueden llevar…; cuanto hagas por tu hermano hambriento, inmigrante o desnudo, ni el mismo diablo te lo podrá arrebatar».

San Agustín describe que la hospitalidad enriquece tanto al huésped, como a la persona que acoge: «Nadie se envanezca porque acoge al inmigrante: Cristo lo fue. Mejor era Cristo acogido y socorrido que los que lo acogieron y socorrieron… Nadie, pues, hermanos míos, sea soberbio cuando socorre al pobre, ni diga en su espíritu.

Incluso Agustín llegará a plantearse su condición de migrante, en el mundo que habitamos y que es de todos: «¿Cómo podrás recibir a alguien de huésped si todos viven en su propia patria?».

Ares insiste en recordar que la Iglesia siempre se ha interesado por los inmigrantes, pero se articula el pensamiento sobretodo a partir del siglo XIX.

León XIII es el primer Papa que dedica un documento específico a las migraciones, autorizando mediante la carta Quamaerumnosa la constitución de parroquias nacionales, sociedades y patronatos a favor de los emigrantes.

Los sucesores de este Papa continúan la línea de su predecesor, al instituir obras católicas específicas para los emigrantes.

Pío X subraya el papel de las diócesis de origen en este servicio, mientras que Benedicto XV y Pío XI señalan la responsabilidad de la acogida por parte de las iglesias locales.

En 1914, bajo el pontificado de Benedicto XV, se instaura la Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado. Con Pío XII, que vive la guerra de 1939-1945 y sus secuelas (deportaciones masivas, exilios y destierros), se plantea la emigración desde la perspectiva de los derechos permanentes y universales, basados en el principio de la solidaridad de los hombres en tanto que personas, y reconoce la salvaguarda de la “libertad natural a emigrar”.

En la exhortación apostólica Exsul Familia (‘La familia en exilio’) propone a la Sagrada Familia en su exilio a Egipto como icono de las masivas migraciones forzosas que vivimos actualmente:

En las encíclicas Pacem in Terris y Mater et Magistra, Juan XXIII reafirma los principios incoados por Pío XII y aporta nuevas luces ante los crecientes fenómenos de globalización que se iniciaron durante los años 60 (PT 106).

El Concilio Vaticano II abundó en la misma línea, a la vez que propuso una legislación generosa con los recién llegados. La Gaudium et Spes incluye numerosas referencias al problema de los movimientos migratorios (GS 66). Pablo VI continúa en esta línea marcada por el Concilio y sus predecesores, e instituye la Comisión Pontificia para la Pastoral de las Migraciones.

En el texto de Ares se explica que el papa Juan Pablo II incluye en sus escritos múltiples referencias al problema de los emigrantes, desarrollando ampliamente la Doctrina Social de la Iglesia sobre este tema. Los últimos documentos de carácter social de Juan Pablo II, sobre todo Laborem Exercens, Sollicitudo Rei Socialis, Centesimus Annus, así como Familiaris Consortio, Christi fideles Laici y Redemptoris Missio, de carácter mayoritariamente eclesial, contienen una rica doctrina y numerosas y útiles orientaciones de tipo práctico para la Pastoral de la Movilidad Humana (LE, 23; SRS, 38; CA, 48; CL, 35-44; FC, 46; RM, 58). Uno de los principales subrayados de Juan Pablo II es el valor central de la persona.

Asimismo, transforma la Comisión Pontificia, creada por Pablo VI, en el Pontificio Consejo para la Pastoral de los emigrantes e itinerantes.

Benedicto XVI, durante cuyo pontificado se vive una crisis financiera global, plantea en Caritas in Veritate una mirada integral y más ética, con la que se reenfocan las relaciones internacionales, prestando especial atención a los flujos migratorios.

En el año 2006, el papa Benedicto XVI presenta las migraciones como un “signo de los tiempos” (JME 2006).

Ante el gran aumento global de los flujos migratorios forzosos, el papa Francisco se ha convertido en uno de los grandes líderes mundiales que ha puesto un foco especial en la realidad de dolor y sufrimiento, además de la riqueza y esperanza que aportan las personas migrantes.

En enero de 2017, crea un nuevo Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, en el cual confluirán los Pontificios Consejos para la Justicia y la Paz, Cor Unum, para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes, y para la Pastoral de los Agentes Sanitarios. Debido a la importancia de esta realidad, el Papa se ocupará personal y temporalmente de la sección del nuevo Dicasterio que atenderá a los refugiados y a los migrantes http://www.pcmigrants.org









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