¿Por qué Looney Tunes sigue siendo tan actual?

Hablar a los niños y a los jóvenes ha sido en muchos casos una excusa para hablarnos a quienes ya tenemos una cierta edad. Camuflar mensajes subversivos haciéndose pasar por bobo no es algo nuevo aunque a veces uno tenga que atravesar un largo camino hasta entenderlo.

Los cartoons de Tex Avery, por ejemplo, todavía hoy resultan transgresores y divertidísimos, tanto como Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll, los non-sense de Edward Lear o los extravagantes inventos del profesor Lucifer Gorgonzola Butts creados por Rube Goldberg.

Da igual si parten de palabras o imágenes, el objetivo siempre es el mismo: dinamitar nuestros cálculos como espectadores, lectores o pensadores, reduciendo a cenizas cualquier posible conclusión, como si la única conclusión posible fuese la anarquía, el absurdo y cierto grado de esquizofrenia: el juego, en otras palabras.

Un juego, eso sí, en que todo queda en nuestra manos, en nuestra capacidad transformadora porque todavía hay quien se fía de nosotros, de nuestras posibilidades para soñar, curar enfermedades o luchar contra las tonterías de la realidad una vez nos pongamos a la tarea de librar batallas.

Por supuesto, todas las obras mencionadas planteaban una necesidad: desactivar los mecanismos racionales de la realidad, para invitar a los espectadores o lectores a reconstruirla. De eso trataban.

El objetivo, por lo tanto, no era ni documental ni ejemplarizante, sino subversivo. Lo importante era instigar creadores, no simples testigos. Pero eso, con el fuego cruzado de las ideologías, sólo resultaba posible si se camuflaba detrás de mensajes breves y en apariencia absurdos, donde explotaban bombas, los cuerpos se desmembraban y el paisaje se sometía a una rápida lección de anatomía, para poco segundos después, en un contraplano imposible, volver a recomponerse y pretender que nada realmente importante había sucedido.

Hoy en día cuesta entender que aún sigan editándose aquellos libros o exhibiéndose aquellos cortometrajes de animación, cuando las fronteras de nuestra tolerancia cada vez parecen más pequeñas y sufren un envite cada vez mayor por parte de voces censoras a las que no les cabe en la cabeza otra cosa que un mundo a su medida, dando a entender que ya no vivimos en un mundo de posibilidades ilimitadas gracias a la imaginación porque ahora preferimos vivir en un mundo asfixiado por nuestras limitaciones.

El universo visual de Tex Avery, según Jonathan Rosenbaum, se puede dividir entre imágenes cambiantes constantemente sin que en ningún caso se imponga una firme, e imágenes firmes cuyo sentido es contradicho constantemente por los contextos. Planos inestables, en cualquier caso.

Un pato fragmentado, una casa transformista o roles intercambiables entre buenos y malos, en combinación con perros detectives capaces de seguir a sus presas hasta el último confín del mundo o canarios insignificantes que sobreviven una y otra vez a los ataques de enemigos muchos más grandes, destruidos de manera progresiva, again and again and again. El centro de la esfera en todas partes -como sugirió Borges en El Aleph- y la circunferencia en ninguna.

Si lo piensan bien, ¿no debería ser así el aprendizaje de todo espectador? ¿No deberíamos acostumbrarnos primero al carácter posible de toda imagen antes de ver imágenes? ¿Acaso no es mejor comenzar por las posibilidades antes de hacer elecciones responsables? Yo creo que sí, aunque quizás esté en minoría en ese sentido.

Prefiero pensar que el cine no nos domestica sino que lo domesticamos nosotros a él cuando comenzamos a tener cierto conocimiento de causa y sabemos lo suficiente para frenar imágenes, para incorporarlas a nuestra memoria, para hacerlas indispensables, antes de que ellas se impongan como un ejército represor que lucha contra las infinitas posibilidades de nuestra imaginación mientras la educamos. Denle dos vueltas al asunto y luego me cuentan. ¿No les parece que la lección que aprendimos del Pato Lucas, Bugs Bunny, Droopy, Lobo McLobo, Screwball Squirrel, Porky Pig y Chilly Willy es incalculable?

Tex Avery se rió a gusto de Walt Disney, con sus imágenes blanditas, y de los códigos de censura, social e institucional, esos límites que nos trazamos para vivir en sociedad y que ahora mismo parecen más asfixiantes y reductores que nunca.

Hace poco, sin ir más lejos, hubo protestas por uno de los cuadros de Balthus en exhibición en el Metropolitan de Nueva York, porque se ve la ropa interior de una niña en una de esas posturas imposibles de Balthus, una cuestión de la cual Tex Avery se habría reído (o sonreído) y sobra la cual habría aconsejado que limitásemos su visionado a los niños, que son menos retorcidos que nosotros, y a los adultos nos hubiese impuesto antes un test de tolerancia a la tolerancia, para saber si somos merecedores de seguir siendo espectadores del mundo o si deberían desterrarnos a nuestro débil y estúpido yo, y en él ver el insistente y cambiante reflejo de nuestro rostro mientras envejecemos ante el espejo, sin nadie más al lado que nos haga más llevadero ese viaje, on the road to nowhere, como dirían los Talking Heads.

CINCO MOTIVOS PARA AMAR A TEX AVERY Y PARA DESEAR QUE EL MUNDO SEA ANCHO E IMPREVISIBLE, Y NO ESTRECHO E INSERVIBLE:









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