La Navidad en tiempo de diáspora

Los venezolanos sabemos de eso. Buena parte de la familia venezolana sufre los efectos de la diáspora. Los hijos, esposos, tíos y primos de gran cantidad de hogares han tomado la decisión de dejar el país. Eso se sufre de una manera muy particular en fechas tan señaladas como Navidad y Año Nuevo. Hasta el venezolano que no es muy familiar, lo es en estas fechas.

La verdadera tristeza de la familia venezolana no se debe a los estratosféricos precios, ni a la imposibilidad de preparar los platillos navideños -tan deliciosos que su sabor impregna nuestra memoria gustativa desde que tenemos paladar-; tampoco a la interrupción de la tan venezolana costumbre de prodigarse en regalos, ni siquiera hablemos de la sacrosanta tradición del “estreno”, que consiste en comprar ropa nueva para estas fiestas, cosa que resulta misión imposible cuando un par de zapatos cuesta diez veces el sueldo. Pero nada de eso es tan duro como la separación de la familia.

La diáspora se ha llevado la alegría que el venezolano se esfuerza en aparentar. Las familias, sin importar el nivel social o sus posibilidades económicas, están incompletas debido a la crisis que ya se ha convertido en catástrofe emocional. Sin estar inmersos en una guerra en toda regla, sin enfrentar las secuelas de un desastre natural, el éxodo ya ha dado cuenta de 2 millones de venezolanos que dejan su tierra…y no se detiene.

El modelo chavista resultó ser un rotundo fracaso, pese a contar con el mayor volumen de ingresos que ha conocido el país en toda su historia. Tomás Páez, sociólogo, quien sigue milimétricamente este desangre que llaman *diáspora*, se propone superar lo que llama “el ominoso silencio del régimen”, deliberado y consciente, “ante un fenómeno de esta magnitud que involucra, de manera directa, a más de 2 millones de venezolanos y de manera indirecta, entre familiares y amigos, a más de la mitad de la población. Son millones las personas que por distintas razones han decidido emigrar a lo largo de los últimos 18 años. Este proceso se ha acelerado en los últimos 2 años”.

A la pregunta “dónde está ahora Venezuela”, el sociólogo respondió: “En todo el mundo. Los venezolanos se han expandido tanto que están construyendo una nueva geografía. Una geografía que no se ve en el mapa tradicional”. Y resume así las razones del exilio: “En el cuestionario que hicimos en más de 40 países preguntamos por qué se iban; decían, por ejemplo, que la única nevera que estaba llena en Venezuela era la de la morgue o que preferían despedir a sus hijos en el aeropuerto y no en el cementerio”.

Los países a los que los venezolanos emigran más son Estados Unidos, España, Panamá, Colombia y México. Ahora se ha sumado Chile. Unos mejor posicionados que otros. Apenas en estos días llega la noticia de que unos 400 venezolanos duermen, cada noche, en la cancha Sevilla en Cúcuta, Colombia, conocida entre ellos mismos como “Hotel Caracas, nada tienes, nada empacas”.

Se supone que Diciembre trae alegría, adornos, música, diversión y comidas especiales. Ese es el deber ser de la tradición. Escuchamos a la repostera que recuerda en televisión: “La comida de Navidad se caracteriza por el uso de la aceituna, las pasitas y alcaparra para la comida y los frutos secos y canela para los dulces. Son sabores mágicos, únicos de la época que invitan al compartir y a la tradición”, ingredientes hoy incomprables. Y pensamos que, después de todo, algo conecta a los venezolanos, dondequiera que estemos: la carencia. De delicias, de afecto. En eso nos igualamos. Idéntica vivencia. Todos alrededor del pesebre pidiendo por los nuestros y por el país es un lazo invisible pero sólido.

Pero los seres humanos tenemos a mano la esperanza y estos días, el Niño Jesús que viene para todos, nos recuerda que la tristeza no tiene la última palabra.

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