La liturgia diaria meditada - La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre (Jn 1, 1-18) 25/12


Lunes 25 de Diciembre de 2017
Natividad del Señor
Solemnidad con octava

"Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre; unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo. La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche:

La Virgen da hoy a luz al Eterno y la tierra ofrece una gruta al Inaccesible.
Los ángeles y los pastores lo alaban y los magos avanzan con la estrella.
Porque Tú has nacido para nosotros, Niño pequeño, ¡Dios eterno!".
                             
Catecismo de la Iglesia Católica, nro. 525

MISA DE LA NOCHE

Antífona de entrada          Sal 2, 7
El Señor me ha dicho: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”.

O bien:        
Alegrémonos todos en el Señor, porque ha nacido nuestro Salvador. Hoy descendió del cielo para nosotros la paz verdadera.

Oración colecta     
Dios nuestro, que has iluminado esta santísima noche con la claridad de Cristo, luz verdadera, concédenos que, después de haber conocido en la tierra los misterios de esa luz, podamos también gozar de ella en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas        
Padre, recibe nuestra ofrenda en esta fiesta, para que, por este sagrado intercambio, lleguemos a ser semejantes a aquél que unió a ti nuestra humanidad, Jesucristo nuestro Señor. Que vive y reina por los siglos de los siglos.

Antífona de comunión        cf. Jn 1, 14
La Palabra se hizo carne, y nosotros hemos visto su gloria.

Oración después de la comunión
Señor y Dios nuestro, llenos de alegría hemos celebrado el nacimiento de nuestro Redentor; concédenos la gracia de una vida santa y llegar así a la perfecta comunión con él. Que vive y reina por los siglos de los siglos.

MISA DEL DÍA

Antífona de entrada          cf. Is 9,1.5
Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; la soberanía reposa sobre sus hombros, y su nombre será Consejero admirable.

Oración colecta     
Dios nuestro, que admirablemente creaste la naturaleza humana y, de modo aún más admirable, la restauraste; concédenos participar de la vida divina de tu Hijo, como él compartió nuestra condición humana. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas        
En este día de fiesta acepta, Señor, este sacrificio que nos reconcilia plenamente contigo y contiene toda la alabanza que el hombre puede ofrecerte. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión        Sal 97, 3
Los confines de la tierra han contemplado el triunfo de nuestro Dios.

Oración después de la comunión
Dios misericordioso, hoy nos ha nacido el Salvador del mundo; te pedimos que así como nos ha hecho hijos tuyos, también nos haga partícipes de su inmortalidad. Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

MISA DE LA NOCHE

1ª Lectura    Is 9, 1-6
Lectura del libro de Isaías.
El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz. Tú has multiplicado la alegría, has acrecentado el gozo; ellos se regocijan en tu presencia, como se goza en la cosecha, como cuando reina la alegría por el reparto del botín. Porque el yugo que pesaba sobre él, la barra sobre su espalda y el palo de su carcelero, todo eso lo has destrozado como en el día de Madián. Porque las botas usadas en la refriega y las túnicas manchadas de sangre, serán presa de las llamas, pasto del fuego. Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: “Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, príncipe de la paz”. Su soberanía será grande, y habrá una paz sin fin para el trono de David y para su reino; él lo establecerá y lo sostendrá por el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre. El celo del Señor de los ejércitos hará todo esto.
Palabra de Dios.

Comentario
El profeta anuncia una gran transformación: se termina el tiempo de la guerra, la violencia y la opresión. Contra la prepotencia de los violentos, Dios viene en la debilidad de un niño. Aceptemos también nosotros este desafío: vencer al odio y la violencia desde la ternura y la mansedumbre.

Sal 95, 1-3. 11-13
R. Hoy nos ha nacido un salvador: el Mesías, el Señor.

Canten al Señor un canto nuevo, cante al Señor toda la tierra; canten al Señor, bendigan su nombre. R.

Día tras día, proclamen su victoria, anuncien su gloria entre las naciones, y sus maravillas entre los pueblos. R.

Alégrese el cielo y exulte la tierra, resuene el mar y todo lo que hay en él; regocíjese el campo con todos sus frutos, griten de gozo los árboles del bosque. R.

Griten de gozo delante del Señor, porque él viene a gobernar la tierra: él gobernará al mundo con justicia, y a los pueblos con su verdad. R.

2ª Lectura    Tit 2, 11-14
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito.
La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado. Ella nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos mundanos, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y salvador, Cristo Jesús. Él se entregó por nosotros, a fin de librarnos de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un pueblo elegido y lleno de celo en la práctica del bien.
Palabra de Dios.

Comentario
La carta nos exhorta a esperar la gran manifestación de Dios. Él ya se ha manifestado una vez haciéndose un bebé y naciendo en el portal de Belén. Confiamos en que él se siga presentando en nuestra vida cotidiana, hasta que llegue su revelación definitiva.

Aleluya        Lc 2, 10-11
Aleluya. Les traigo una buena noticia, una gran alegría: hoy les ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor. Aleluya.

Evangelio     Lc 2, 1-14
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.
Apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque donde se alojaban no había lugar para ellos. En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el ángel les dijo: “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Y junto con el ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amados por él!”.
Palabra del Señor.

Comentario
"La profecía de Isaías anuncia la aparición de una gran luz que disipa la oscuridad. Esa luz nació en Belén y fue recibida por las manos tiernas de María, por el cariño de José, por el asombro de los pastores. Cuando los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento del Redentor, lo hicieron con estas palabras: 'Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre’. La ‘señal’ es la humildad de Dios, la humildad de Dios llevada hasta el extremo. Es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros anhelos y nuestras limitaciones. El mensaje que todos esperaban, que buscaban en lo más profundo de su alma, no era otro que la ternura de Dios: Dios que nos mira con ojos llenos de afecto, que acepta nuestra miseria, Dios enamorado de nuestra pequeñez".

MISA DEL DÍA

1ª Lectura    Is 52, 7-10
Lectura del libro de Isaías.
¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia, del que proclama la paz, del que anuncia la felicidad, del que proclama la salvación y dice a Sión: “Tu Dios reina”! ¡Escucha! Tus centinelas levantan la voz, gritan todos juntos de alegría, porque ellos ven con sus propios ojos el regreso del Señor a Sión. ¡Prorrumpan en gritos de alegría, ruinas de Jerusalén, porque el Señor consuela a su pueblo, él redime a Jerusalén! El Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y todos los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios.
Palabra de Dios.

Comentario
La expresión "el Señor desnuda su santo brazo" es semejante a cuando nosotros decimos de alguien que "se arremanga", pone sus manos al trabajo, no tiene reparos en poner el hombro y colaborar. Esto hace Dios, "se arremanga" por nosotros y hace por nosotros esta preciosa tarea de la redención.

Sal 97, 1-6
R. Los confines de la tierra han contemplado el triunfo de nuestro Dios.

Canten al Señor un canto nuevo, porque él hizo maravillas: su mano derecha y su santo brazo le obtuvieron la victoria. R.

El Señor manifestó su victoria, reveló su justicia a los ojos de las naciones: se acordó de su amor y su fidelidad en favor del pueblo de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado el triunfo de nuestro Dios. Aclame al Señor toda la tierra, prorrumpan en cantos jubilosos. R.

Canten al Señor con el arpa y al son de instrumentos musicales; con clarines y sonidos de trompeta aclamen al Señor, que es rey. R.

2ª Lectura    Heb 1, 1-6
Lectura de la carta a los Hebreos.
Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo. Él es el resplandor de su gloria y la impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa, y después de realizar la purificación de los pecados, se sentó a la derecha del trono de Dios en lo más alto del cielo. Así llegó a ser tan superior a los ángeles, cuanto incomparablemente mayor que el de ellos es el Nombre que recibió en herencia. ¿Acaso dijo Dios alguna vez a un ángel: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”? ¿Y de qué ángel dijo: “Yo seré un padre para él y él será para mí un hijo”? Y al introducir a su primogénito en el mundo, Dios dice: “Que todos los ángeles de Dios lo adoren”.
Palabra de Dios.

Comentario
El Primogénito de Dios entra en este mundo. No hay forma más grande de acercar lo celestial a lo terrenal. El mismo Dios, que a lo largo de la historia se comunicó de diversas maneras, quiso comunicarse en el mejor lenguaje: se hizo uno de nosotros.

Aleluya       
Aleluya. Nos ha amanecido un día sagrado; vengan, naciones, adoren al Señor, porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra. Aleluya.

Evangelio     Jn 1, 1-18
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.
Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él, al declarar: “Este es aquél del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo”. De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Dios Hijo único, que está en el seno del Padre.
Palabra del Señor.

O bien: más breve     Jn 1, 1-5. 9-14

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.
Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.
Palabra del Señor.

Comentario
En este himno todo es movimiento y dinamismo. Aparecer, llegar, venir y habitar son los verbos que usa el Evangelista para describir la obra de nuestro Dios, que no se queda allá, "en las nubes", sino que realiza su gran deseo de habitar en medio de la humanidad. Sólo hace falta que lo recibamos con la casa y el corazón abiertos.

Oración introductoria 
Señor, sabes que no soy el mejor, conoces toda mi miseria, pero por esto mismo vengo ante ti con la confianza de que me escucharás y me enseñarás el camino. Señor, ayúdame a creer. Quiero confiar plenamente en ti. Dame la gracia de esperarlo todo de ti y en ti. Enséñame a amar a los demás, para mostrarte el amor que te tengo. 

Petición 
Señor, que me dé cuenta del amor que me tienes y que me has mostrado al hacerte como uno de nosotros. 

Meditación 

1.- La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Esto es lo que leemos hoy en el evangelio, según San Juan. Vamos a meditar esto con una cierta calma y reflexión. A Dios nadie lo ha visto jamás, nos dice el evangelista. El Dios judío es un Dios trascendente, invisible, siempre más allá de nuestras capacidades sensoriales. Así lo afirmaron siempre Moisés y los profetas. Pero fue este mismo Dios invisible el que un día decidió hacerse carne y acampar entre nosotros. La Palabra, el Verbo, ya existía antes de la encarnación, pero la Palabra en el principio estaba junto a Dios. Antes de hacerse carne y acampar entre nosotros, la Palabra, el Verbo, era puro espíritu, no cuerpo, era espiritual e invisible como el mismo Dios. La Navidad, la encarnación, es el primer momento en el que el Dios invisible se hace visible en la carne de un hombre, en su hijo, en Jesús de Nazaret. Cristo es la impronta del ser de Dios, nos dirá el autor de la carta a los Hebreos. A partir de la encarnación, Dios, evidentemente, como puro espíritu que es, seguirá siendo invisible para nuestros sentidos corporales, pero podremos ver un cuerpo en el que se ha encarnado nuestro Dios, es el cuerpo de Cristo, la persona de Cristo, en la que Dios se ha encarnado. Ver a Cristo será para nosotros ver a Dios.

2.- En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en la etapa final, nos ha hablado por el Hijo. Cristo es la Palabra visible del Dios invisible. Esta Palabra debe ser vida y luz para nosotros. Celebrar la Navidad es celebrar la vida y la luz de Dios en nuestro mundo. Sin la vida y sin la luz de Cristo vivimos en un mundo de tiniebla y desorientación. La vida de Dios, la luz de Cristo, no se nos impone forzosamente, podemos rechazarla. Pero si la aceptamos, si nos dejamos inundar por la vida y la luz de Cristo, comenzamos a vivir como hijos de Dios, como hermanos del mismo Cristo que vive y alumbra en nosotros. Celebrar la Navidad en cristiano es celebrarla como hijos de Dios y como hermanos de Cristo. Esto debe ser para nosotros un motivo de enorme alegría y, también, de enorme responsabilidad. Celebrar la Navidad sin permitir que Dios se encarne en nosotros, a través de Cristo, no es celebrar una Navidad cristiana.

3.- Celebrar, pues, cristianamente la Navidad es celebrar visiblemente la presencia de un Dios invisible en un cuerpo visible, como el nuestro. Y, si Dios es amor, como en muchas ocasiones nos repetirá el apóstol San Juan, en la celebración de la Navidad deberá hacerse visible el amor de Dios. Un amor real y encarnado, no un amor invisible y lejano. Y un amor de Dios que nosotros debemos manifestar en nuestro amor al prójimo, porque, si fue por amor a nosotros por lo que se encarnó Dios, también nuestro amor deberá ser un amor que se encarne en los demás. Una celebración cristiana de la Navidad nos exige un amor grande, un compromiso grande, compromiso grande con el prójimo, especialmente con el prójimo más necesitado. Un discípulo de Cristo y una Iglesia de Cristo que no viva seria y profundamente comprometida con el prójimo, volcada hacia el prójimo, especialmente hacia el prójimo más necesitado, no celebra cristianamente la Navidad.

4.- ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva! San Juan no se cansaba de repetirlo: si dices que amas a Dios y no amas al prójimo eres un mentiroso. Este es el mandamiento que nos dio Cristo, nuestro Dios visible. En este día de Navidad, los cristianos deberemos hacer el propósito de hacer visible en nuestro mundo el amor de un Dios que se ha manifestado en Cristo. Esto es lo que hizo Cristo en su vida mortal, desde el momento mismo en que nació en Belén. Por eso, nosotros, ante el portal de Belén, contemplemos, con emoción de niños, el Amor encarnado en el rostro tierno y pobre de un niño, del Niño Dios.


Propósito 
Este día de Navidad ayudaré a mi prójimo en la necesidad que le surja. Mostraré la alegría que el Señor me dado y la compartiré con los demás, para comunicarles ese amor de Dios. 

Diálogo con Cristo 
Señor, te doy gracias por el don de la vida y de la fe. También te agradezco por el amor que nos tienes, por la inmensa e inmerecida gracia de ser tu apóstol en la tierra. Muéstrame el camino para agradarte. Ayúdame a compartir tu amor con los demás, amor verdadero y profundo como el tuyo. Dame la fuerza para luchar cada día contra la inconciencia de vivir apartado de ti. Gracias, Señor, por todo lo que me has dado. 

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