¿Has pensado alguna vez en Juan el Bautista? Vale la pena

Juan es un hombre lleno de fuego en sus palabras. Y es un hombre frágil que vive en el desierto. Dios manda un profeta para anunciar a Jesús: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Juan es el profeta del testimonio. Es un interrogante en la vida del pueblo.

Normalmente decido cambiar cuando alguien me habla de Dios de manera sugerente y atractiva. Sigo a quien admiro. Quiero vivir como vive aquel al que sigo.

Juan testimonia a Jesús desde su humildad: Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: – Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo.

¡Qué anhelo de Jesús tenía Juan! Su Adviento fue toda su vida. Desde que saltó de alegría en el vientre de Isabel. Desde que más tarde, movido por el soplo del Espíritu en su corazón, vivió en el desierto buscando a Dios. Desde que supo en lo más hondo de su alma que él sólo era el mensajero. El que iba a abrir el camino al Mesías. Era él quien roturaba la tierra.

Dios le reveló un día su misión. Y él la aceptó con un corazón humilde. Esa misión tenía que ver con Jesús.

Siempre he buscado escuchar un día en mi corazón la voz de Dios que me diga quién soy, para qué he nacido, a quién puedo ayudar, cuál es mi misión particular.

Comenta el Papa Francisco en este Adviento: En la diversidad y la especificidad de cada vocación, personal y eclesial, se necesita escuchar, discernir y vivir esta palabra que nos llama desde lo alto y que, a la vez que nos permite hacer fructificar nuestros talentos, nos hace también instrumentos de salvación en el mundo y nos orienta a la plena felicidad.

Quiero escuchar para confirmar mi camino. Para optar con radicalidad por lo que me pide. Así fue como Juan vivió para esa misión. Me gustan las personas que se entregan del todo por aquello en lo que creen.

Así lo hizo Juan. Él lo dejó todo por esa misión. Pienso en su altura humana. Jesús mismo alabó su grandeza. Él cumplió lo que Dios le pidió. Jesús fue anunciado por él. Era sólo el testigo. La voz. La luz que señalaba a otro.

Juan habló en la noche sobre el que sería la luz verdadera. Habló en el silencio de aquel que sería la palabra. ¡Cuánto anhelo tendría en su corazón por llegar a conocerlo! ¡Cuánto desearía llegar a ser su discípulo!

Toda su vida llegaría a plenitud cuando se encontrasen de nuevo. De niños ya se habían encontrado. Jesús vivió oculto, escondido. Juan comenzó su misión antes que Jesús. Escuchó a Dios en el desierto, en el silencio de su alma.

Y obedeció. No quiso brillar por sí mismo. Renunció quizás a sus propios sueños. A una misión más vistosa y elogiada. Dios le regaló el único sueño de esperar, de hacer esperar a otros, de preparar, de allanar, de cuidar la vida de los demás hasta que llegara Jesús. Juan fue un hombre de desierto. Se alejó de Jerusalén.

Creo que para preparar el corazón hay que alejarse un poco de la propia vida con sus ruidos. Para tener más perspectiva. Para rezar con calma. Tengo que vaciarme de mí mismo, de mis cosas. Esa es la propuesta de Juan. Cuando llegue Jesús, ya no hará falta el desierto. Sólo será estar con Él, a su lado para siempre.

Pero la espera tiene algo de noches estrelladas de desierto. En la ciudad, las estrellas no se ven. En la noche del desierto, sí. A veces hay que detener los pasos para mirar el corazón. Para mirar el cielo. Para mirar mi vida. Y tocar la sed que tengo. El ansia de Dios. Esa sed ya es Adviento.

¿Cómo es mi sed? ¿Qué necesito que Dios toque esta Navidad? Quiero tocar el desierto en este Adviento. Caminar por la vida con esperanza. Jesús ya llega. Siempre llega. Viene de nuevo.

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