Adviento: El mayor salto mortal en la historia de los hombres

Me gusta mirar este tiempo de Adviento como un tiempo de esperanza. Pero tengo que reconocer que muy a menudo no sé bien qué es lo que espero. ¿Qué expectativas tengo? A veces creo que espero mucho de la vida. Quizás mucho más de lo que pueda darme.

Como decía Francisco de Quevedo: “Quien espera en esta vida que todo esté a su gusto, se llevará muchos disgustos”. Espero que mis planes sean los de Dios. Quiero que todo esté a mi gusto, como yo lo espero. Quiero que mi vida sea una vida fecunda, próspera, lograda.

Espero tener éxito y triunfar en todas las facetas de mi vida. Espero no perder nada de lo que poseo y me da alegría, aquello que tanto amo. Espero tener más que ahora, aunque ya sea bastante. Ser más feliz que en este momento. Espero que llueva, que salga el sol. Siempre a mi antojo. Espero tener salud y amigos. Y dinero para disfrutar con ellos. Espero seguir como estoy, nunca peor, eso no. O mejorar mucho más allá de lo que ahora vivo.

Tal vez he bajado mis expectativas a medida que han pasado los años y me he llevado muchos disgustos. O la edad me ha hecho más sensato, más realista o más pesimista. Sé que las cosas no están siempre a mi gusto. Por eso he sufrido. Y he llorado. Y he tocado el fracaso en mi carne humana, en un mar de lágrimas. De forma concreta, tosca y dura. Y la esperanza se ha vuelto más débil, o ha muerto.

Tal vez es que, como me dice el P. Kentenich: “La vida interior se está extinguiendo”. Y al vivir en la superficie de mi vida, de mis cosas, las expectativas son menores. O no pretendo alturas que no poseo. Y dejo de esperar tanto. No le exijo tanto a mis días. O a lo mejor sí y cuando las personas me defraudan y no están a la altura esperada. Sufro, lloro, desconfío.

Resulta que no son tan buenos como parecían. No son tan responsables y me fallan. Me hicieron creer que eran de una manera y son de otra. ¡Cuánto me cuesta aceptar la debilidad de los demás! ¡Qué difícil besar la realidad tal como es, aceptándola! ¿Podrá ser mejor? ¿Podrá empeorar lo que ahora vivo? ¿Qué es lo que espero de mi vida?

Me gustaría tener una mirada más de Dios para mirar las cosas. Y creer más allá de lo imposible con los ojos alzados hacia Jesús. Pensar en el efecto multiplicador de la gracia en mis manos. En el poder de Dios para hacer posible lo que no es posible. Multiplicar ese pan que alimenta a tantos. No hablo de milagros extraordinarios. Sino de los caminos imposibles que Dios me hace seguir cuando me dejo conducir en sus manos. En lo cotidiano, en lo ordinario. Caminos interiores donde veo su mano. Y me veo más dócil. Más providente.

Quiero tener una fe más práctica pensando que es Dios quien conduce mi vida necesitando mi sí. Decía el P. Kentenich: “Hablando humanamente, allí donde está operando una fe providencialista, jamás salen las cuentas. Observen que la fe en la Divina Providencia supone siempre oscuridad. Exige siempre saltos mortales: saltos mortales para la razón, porque jamás salen las cuentas. Saltos mortales para la voluntad, porque la razón no tiene seguridades intelectuales, terrenales, humanas”.

Me gusta pensar en el Adviento como el mayor salto mortal en la historia de los hombres. No salen las cuentas. Un niño pequeño en una cueva que trae la paz y es el rey. Hoy escucho: “Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia”. Dios se hace niño impotente en medio de los hombres. Rompe los cálculos humanos. Baja, desciende, se hace débil, se hace creatura.

Necesita el abrazo de una madre y la fuerza de un padre. Un cuidado infinito. No salen las cuentas. No es un cálculo lógico lo que se esconde en esa cueva de Belén. No está todo previsto y calculado en el corazón de José y de María. No hay tantas certezas. Hay muchas dudas y muchos miedos como en mí tantas veces. 

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