Si Jesús tiene tanto poder, ¿por qué dejó que lo mataran?

La liturgia me habla de un Jesús que es rey. Es la fiesta de Cristo Rey. El reinado de Dios hecho carne entre los hombres. Asocio siempre la realeza al poder. Pero el poder de Jesús es la impotencia. Y su forma de reinar es desde el trono de la cruz.

Hay una serie de televisión en la que muchos quieren gobernar en un trono de hierro. Se creen con derecho a mandar sobre todos. Y utilizan todos los medios para conseguir el fin que desean. El fin justifica los medios.

Muchas veces lo veo a mi alrededor. Personas que buscan el poder y hacen todo lo posible por conseguirlo y después por retenerlo. Yo mismo tengo esa tentación del poder. ¡Es tan sutil! La información es poder. La capacidad de decisión es poder. La influencia en las decisiones.

La capacidad de mando sobre otros, aunque estos otros sean muy pocos. El poder siempre es atractivo. Lo busco, lo retengo. Me obsesiono. Pero el poder de Dios no es el de los hombres.

El otro día leía: Hablamos de un Dios que, al hacerse humano, se abajó. Es una imagen poderosa. Y real. Porque sin ella uno corre el peligro de vivir instalado en pedestales. De honor y de riqueza, de sabiduría y de elocuencia, de triunfo y fortaleza, de ideas y proyectos. Pedestales que al tiempo te protegen y te aíslan. Y que, si te descuidas, te van encerrando en burbujas herméticas y asépticas.

El poder me aísla de los hombres. Me guarda. Me protege. En mi poder soy inaccesible. Dejo de ser misericordioso. Estoy lejos de los que sufren. No me interesan. Lejos de los que no tienen poder e influencia.

Me da miedo no tratar igual al poderoso que al necesitado. No actuar de la misma manera ante el que me puede hacer un favor con su poder que al que no tiene nada que ofrecerme.

Y me da miedo rendir pleitesía a los poderosos de la tierra. Buscando beneficios. Todo en aras de un bien mayor, todo por el reino de Cristo. Pensando que el fin justifica los medios.

Temo aferrarme yo a mis cargos e influencias. Buscar mi bien. Proteger mi vida para que nadie pueda hacerme daño y quitarme lo que poseo. Temo mi vulnerabilidad que se deja encandilar por el que tiene poder.

No quiero arrodillarme ante ningún hombre. Miro sus coronas llenas de oro. No las quiero. No deseo pasar de largo ante la corona de espina de Jesús en la cruz. Miro los calzados lujosos y desdeño los pies descalzos de Jesús.

Miro la mano que gobierna el mundo con el poder del mundo. Pero no quiero dejar de mirar los pies descalzos y heridos. Busco la mano silenciosa de Dios que dirige el mundo sin que yo lo vea.

Quiero aceptar que no puedo hacer muchas cosas, porque no soy todopoderoso. Mi poder es tan pequeño y frágil. Pero yo me quejo. Y quiero tener más poder. Quiero poder hacerlo todo bien. Quiero tener éxito y reconocimiento siempre.

La psicóloga Mirta Medici comenta: Que aprendas a tolerar las ‘manchas negras’ del otro, porque tú también tienes las tuyas, y eso anula la posibilidad de reclamo. Que no te condenes por equivocarte; no eres todopoderoso. Que crezcas, hasta donde y cuando quieras. Te deseo que logres ser feliz, sea cual sea la realidad que te toque vivir.

El reino de Jesús no es de este mundo. No se juega en mis categorías humanas heridas por el pecado. No tiene que ver con mis prioridades, a veces mal establecidas. El reino de Dios crece en la humildad, en la impotencia, en la fidelidad en medio de la noche. Es el reino que trae la paz en medio de la tormenta.

El poder que Jesús manifiesta me sorprende. Porque brota no del miedo, sino del amor. Es el poder del que me ama y consigue así de mí todo lo que quiere. Porque ante el amor que recibo me siento vulnerable.

Es cierto. Aquel que me ama tiene un extraño poder sobre mí. El que me ama de forma incondicional e inmerecida tiene un poder inmenso que me deja indefenso. No puedo hacer nada frente a tanto amor. Me siento en deuda ante el que me ama. Jesús tiene un poder inmenso sobre mí.

Pero mi seguimiento no lo compra, no lo exige. Mi seguimiento brota del amor que recibo. El amor de Jesús a los hombres no impidió que lo mataran. Algunos se cerraron a ese amor imposible. Su aparente impotencia produjo rabia e ira en los que querían matarlo.

No tenían poder sobre Él, porque no temía perder la vida. Jesús era libre y se convirtió en alguien insobornable. El que no tiene nada que perder, nada teme. Uno se muestra impotente ante el que se ha abandonado en las manos de su Padre.

Ese poder de Jesús se hace pleno en la cruz. Desde ese madero ama a todos y más aún al que lo odia. Acoge al que lo persigue.

Es imposible amar así. Normalmente no esperamos amor cuando odiamos. Ni siquiera un abrazo cuando despreciamos. Pero así es Dios. Me ama aunque yo no lo ame.

Pero necesita mi amor, quiere mi entrega. No lo necesita para poder amarme. Él siempre me ama primero. Pero sí lo necesita porque el amor quiere recibir algo a cambio. Y Dios me mira lleno de amor y esperanza. Cree en mí y espera y me ama con un amor mucho grande del que yo puedo darle.

Hoy me arrodillo ante la impotencia de Dios. Su amor infinito es el mayor poder de Dios ante los hombres. Pienso que ese amor es su forma de reinar. Reina desde el servicio. Desde la humildad.

Mi forma de reinar es diferente. Quiero otro tipo de poder. Hoy Jesús me mira para que aprenda a amar y a servir como Él me ama y me sirve. Es un cambio en mi mirada. Su reino no es de este mundo.

Mi reino busca el poder del mundo. Quiero cambiar las leyes. Acabar con la injusticia y el odio. Implantar todos los valores cristianos que deseo vivir en mi entorno. Y sufro en mi impotencia. Y critico a la Iglesia que no hace nada.

Estoy tan lejos de tocar su reino en la tierra. Y aun así veo vestigios de ese reino. Donde un corazón ama ahí está Dios amando. En el silencio de la vida veo tanta santidad que refleja su amor. Me conmuevo. Y sé que es posible su amor.

El reino de Dios sigue creciendo en la tierra. No como los hombres esperan. Crece de manera misteriosa en el sí de cada hombre.









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