El “milagro birmano” se llevó a cabo

Los católicos de Myanmar recordarán durante mucho tiempo este tercer viaje del Papa por Asia. Mientras la Santa Sede lo confirma muy diplomáticamente refiriéndose al viaje como muy “importante”, el pueblo de Myanmar lo expresa de forma más espiritual.

Para muchos, empezando por el cardenal Charles Bo, la venida del sucesor de Pedro es un auténtico “milagro”. Y es que se trata de la primera vez que un Papa visita su país desde que los misioneros portugueses llevaran la fe en el siglo XVI. Es también la primera vez que el obispo de Roma les visita para para celebrar la Misa con ellos: ¡el momento es nada menos que histórico!

Para el cardenal arzobispo de Rangún, conocido por su libertad de tono, el encuentro del papa Francisco con los católicos de Myanmar es similar a lo vivido en el Monte Tabor, es decir, el lugar de la Tierra Santa donde Jesús fue transfigurado y reveló su naturaleza divina a los apóstoles. Esto nos da “una energía espiritual extraordinaria”, dijo el prelado en nombre de todos sus compatriotas, y nos hace “orgullosos de ser católicos”.

La legítima emoción del pequeño rebaño católico de Myanmar hará recordar al Pontífice la expresión de santa Catalina de Siena en el siglo XIV, que se refirió al Papa como “el dulce Cristo en la tierra”. En este país monzónico se esperaba la visita del Sumo Pontífice, según afirmaba otro obispo, “como una tierra sedienta que, después de una gran sequía, espera las primeras lluvias”.

Sequía, una palabra muy acertada. Porque los católicos del país sufrieron una de casi cincuenta y cinco años. En 1962, el progreso de la modesta Iglesia birmana fue ahogado por un golpe de Estado del ejército: se nacionalizaron las escuelas de administración católica y los misioneros fueron desterrados. Sin embargo, durante todos estos años de persecución, la Iglesia ha seguido creciendo, aprovechando y apoyando la reciente y tímida apertura democrática. Por eso, el viaje del Papa en 2017 es recibido como una especie de regalo que confirma que sus sufrimientos no fueron en vano.

No obstante, no todos los desafíos han quedado atrás. La crisis de los rohinyás es una prueba fehaciente de ello, y tampoco se puede descartar el regreso al poder de la Junta birmana. Por ello, el Papa les recomendó encarecidamente que usaran el precioso viático de la Eucaristía para extraer fuerzas con las que atravesar el sufrimiento del país en la cruz de Cristo, e incluso para sanarlo a través de las obras de caridad.

Porque “soy testigo de que la Iglesia aquí está viva”, comentaba con regocijo el papa Francisco durante la misa, ante unos 150.000 fieles de todas las regiones del país e incluso de países vecinos como Vietnam, Laos y Tailandia.

Llamaba la atención entre estos peregrinos su juventud, la de sacerdotes y monjas… Pero también su fe: ¡algunos de ellos se habían apiñado por decenas durante la víspera en las parroquias de Rangún para ver al sucesor de Pedro!

El segundo momento de más gracia no necesitó palabras y, desgraciadamente, hizo menos ruido que el supuesto “silencio” del Papa sobre los rohinyás… El instante se resume en una foto impactante, donde vemos al papa Francisco, vestido de blanco, junto al cardenal Bo, también con una sotana blanca de los países cálidos, rodeados de una auténtica marea negra compuesta por 300 seminaristas del país. Es decir, casi todos ellos…

Al final de este día memorable, por si todavía hacía falta un signo más de la vitalidad de esta pequeña Iglesia, llegó la bendición del Papa de dieciséis piedras, las primeras de la construcción de dieciséis iglesias, además del seminario mayor y la nunciatura.

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